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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.54

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A uno y otro lado se distinguían las grandes puertas de los estantes metálicos, cubiertas de jeroglíficos. Algunas de ellas seguían en su sitio; otras estaban forzadas, y otras, dobladas y retorcidas por fuerzas geológicas del pasado que, sin embargo, no habían conseguido destrozar la titánica construcción.
Aquí y allá, al pie de los estantes abiertos, se veían montones cubiertos de polvo que señalaban el lugar donde habían caído los estuches, derribados por las sacudidas de la tierra. En diversos pilares había grabados símbolos y letras que indicaban el tipo de volúmenes allí clasificados.
Me detuve ante uno de los cofres abiertos, en cuyo fondo descubrí algunos de los acostumbrados estuches de metal, ordenados todavía, pero cubiertos por la omnipresente arena. Me acerqué, extraje uno de los ejemplares más manejables y lo coloqué en el suelo para examinarlo. El título estaba escrito, como habitualmente, en jeroglíficos curvilíneos, aunque en la ordenación de ésos me pareció advertir un cambio sutil.
Su sencillo mecanismo de cierre, en forma de gancho, me era perfectamente conocido. Levanté, pues, la tapa, que no se había oxidado, y saqué el volumen de su interior. Como esperaba tenía unos cincuenta por treinta y cinco centímetros de superficie, y como cinco centímetros de grosor. Las cubiertas, de metal delgado, se abrían por arriba.
Sus páginas, de celulosa dura, no parecían afectadas por la acción del tiempo, y pude estudiar los extraños signos garabateados en ellas. No se parecían a los demás jeroglíficos que había tenido ocasión de ver, ni a ningún alfabeto conocido por la ciencia humana. Sin embargo, despertaban en mí el eco de un recuerdo que pugnaba por aflorar a mi conciencia.
Súbitamente tuve la seguridad de que era el lenguaje de un espíritu cautivo con el que había tenido cierta relación durante mis sueños: se trataba del habitante de un gran asteroide en el que había sobrevivido gran parte de la vida y del saber del planeta original del que era fragmento. Al mismo tiempo recordé que el sótano en que me hallaba estaba dedicado a los volúmenes relativos a planetas no terrestres.
Cuando terminé de examinar este documento increíble me di cuenta de que la luz de mi linterna empezaba a agonizar, de modo que le puse rápidamente la pila de repuesto que siempre llevo conmigo. Entonces, provisto de una luz más potente, reanudé mi carrera febril por la interminable maraña de pasadizos y corredores, reconociendo de una mirada tal o cual estantería, y vagamente molesto por la resonancia de aquellas catacumbas que repetían mis pasos de modo incongruente.


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