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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.53

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Tampoco sé cómo me atreví a quitar aquellos fragmentos encajados firmemente, cuando la menor ruptura del equilibrio podía haber provocado el derrumbe de muchas toneladas de roca, aplastándome irremediablemente.
Era sin duda la locura lo que me empujaba y me guiaba... si es que aquella aventura subterránea no fue -aunque yo así lo espero- una ilusión infernal o el producto de una pesadilla. Pero fuese sueño o realidad, el caso es que logré abrirme paso y pude arrastrarme, con la linterna en la boca, por encima del montón de cascotes. Una vez al otro lado sentí que me arañaban las fantásticas estalactitas del techo.
Me encontraba ahora cerca del gran recinto subterráneo de los archivos que, al parecer, constituía mi objetivo. Me dejé caer por el lado opuesto de la barrera, y reanudé la marcha por el corredor, encendiendo sólo a ratos la linterna para ahorrar pila. Por último llegué a una cripta baja, circular, que se hallaba en un maravilloso estado de conservación, y en cuyos muros se abrían arcos en todas direcciones.
Los muros, al menos hasta donde alcanzaba la luz de mi linterna, mostraban gran profusión de jeroglíficos y ornamentos curvilíneos, algunos de los cuales habían sido añadidos después del periodo de mis sueños.
Seguí caminando, empujado por esa fuerza inexorable de mi destino, y torcí inmediatamente a la izquierda, por un acceso que me era familiar. Estaba seguro de encontrar despejadas las rampas de todos los pisos. Este edificio subterráneo que albergaba los anales de todo el sistema solar, había sido construida con suprema habilidad, dándole una solidez tal que duraría tanto como la Tierra misma.
Los bloques, de proporciones inmensas, habían sido equilibrados con exactitud matemática y unidos con cementos de dureza tan grande, que constituían una mole firme como el núcleo rocoso del propio planeta. Después de incontables milenios esta mole enterrada conservaba intactos sus contornos; sus vastos pavimentos estaban cubiertos de polvo, pero no había escombros por parte alguna.
La facilidad con que podía caminar, a partir de este momento, se me subió a la cabeza. Toda la frenética ansiedad, contenida hasta aquí por los muchos obstáculos que me habían impedido la marcha, se desbordó en una especie de prisa febril, y eché a correr -literalmente- por los pasillos de techo bajo que se extendían más allá del arco de la entrada.
Ya no sentía ningún asombro al reconocer todo lo que me rodeaba.


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