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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.52

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A cada paso descubría cinceladuras en los muros desgastados por el tiempo: unas, familiares; otras, añadidas seguramente en un periodo posterior a mis sueños. Como se trataba de un pasadizo subterráneo que comunicaba diversos edificios sólo en las aberturas que daban acceso a ellos había pórticos laterales.
En algunos de estos pórticos me asomé a echar una mirada. Conocía los lugares aquellos demasiado bien. Sólo en dos ocasiones encontré cambios radicales con respecto a mis sueños, pero en una de ellas pude descubrir los contornos tapiados de la entrada que recordaba yo.
Al pasar por la cripta de una de aquellas grandes torres ruinosas, sin ventanas, cuya extraña construcción de basalto indicaba su espantoso origen, sentí que me invadía una oleada de horror y eché a correr precipitadamente, para atravesarla cuanto antes.
Esta cripta tenía una bóveda de medio punto, de unos setenta y cinco metros de parte a parte. No vi grabado alguno en sus muros ennegrecidos. El suelo, totalmente desnudo, aparte el polvo y la arena, me permitió distinguir sendas aberturas, situadas en el techo y en el suelo. No había escaleras ni rampas, Verdaderamente, yo sabía por mis sueños que aquellas torres negras no habían sido habitadas jamás por la fabulosa Gran Raza. Y sin duda quienes las habían construido no necesitaban de escaleras ni de rampas.
En mis sueños la abertura del suelo había estado bien sellada y custodiada celosamente. Ahora estaba abierta como una boca inmensa, bostezante, que exhalaba un aliento frío y húmedo. No quise imaginar de qué abismos de oscuridad eterna podía brotar aquel hálito.
Después me abrí camino por un sector del pasadizo que se hallaba en mal estado, y llegué por fin a un punto donde la techumbre se había hundido completamente. Los escombros se elevaban como una montaña; trepé hasta su cima, y me encontré, de pronto, ante un espacio vacío, en el que la luz de mi linterna no revelaba ni muros ni bóvedas. Este -pensé- debe de ser un sótano de la casa de los proveedores de metal. Estaba situada en la tercera plaza, no lejos de los archivos. No pude adivinar lo que había sucedido allí.
Al otro lado de la montaña de cascotes y piedras volví a reanudar mi camino por el corredor; pero, después de un corto trecho, me encontré con que no podía pasar adelante: los escombros casi tocaban el techo, peligrosamente combado. No sé cómo me las arreglé para extraer los bloques y apartarlos violentamente hasta abrirme paso.


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