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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.46

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Al ocurrírseme esta idea sufrí un violento sobresalto. La verdad es que no podía haberme venido a la cabeza por la sola visión de aquellos bloques.
¿Cómo sabía yo que este corredor correspondía a un sótano? ¿Cómo sabía que la rampa de subida tenía que haberse hallado detrás de mí? ¿Cómo sabía que el largo pasillo subterráneo que conducía a la Plaza de los Pilares debería estar situado a mi izquierda, en el piso inmediatamente superior?
¿Cómo sabía yo que la sala de máquinas y el túnel que llevaba hasta los archivos centrales debieron estar situados dos plantas más abajo? ¿Cómo sabía que en el fondo, cuatro plantas más abajo, habría una de aquellas horribles trampas selladas? Aturdido por aquella irrupción del mundo de mis sueños, me di cuenta de que estaba temblando y bañado en un sudor frío.
Luego, como último detalle intolerable, sentí una débil corriente de aire frío que ascendía a ras de suelo desde una depresión cercana al centro del montón de rocas. Como antes, mis visiones desaparecieron repentinamente y me encontré nuevamente bajo la luz perversa de la luna, en medio del desierto severo, ante el túmulo arcaico y derruido. Me hallaba, en verdad, en presencia de algo real y tangible, aunque henchido de misterios infinitos, ya que aquella corriente de aire sólo podía significar la presencia de un abismo enorme, oculto bajo los megalitos de la superficie.
Lo primero que me vino a la cabeza fueron las leyendas locales sobre recintos subterráneos, ocultos bajo las rocas talladas, en donde suceden cosas horrorosas y nacen los vendavales. Después, volvieron mis sueños y sentí que los oscuros pseudo-recuerdos se agolpaban en mi mente. ¿Qué clase de lugar había debajo de mí? ¿Qué fuente primaria e inconcebible de ciclos mitológicos y de obsesionantes pesadillas estaba a punto de descubrir?
Sólo vacilé un instante. Al momento se apoderó de mí una fuerza más acuciante que la curiosidad, el interés científico y más aun que mi propio terror.
Tuve la sensación de que me movía casi automáticamente, como impulsado por un destino inexorable. Me guardé la linterna en el bolsillo y, con una energía que jamás creí poseer, arranqué un fragmento enorme de roca, y luego otro, y otro, hasta que brotó de las profundidades una fuerte corriente cuya humedad contrastaba con el aire seco del desierto. Comenzó a perfilarse una negra hendidura, y al final, una vez apartadas todas las rocas que pude mover, la leprosa luz de la luna reveló una abertura lo bastante ancha para darme paso.


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