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En la noche de los tiempos (Howard Phillips Lovecraft) - pág.41

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Fue la noche del 11 de julio. La luz de la luna inundaba el paisaje con su misteriosa palidez sobrenatural.
Esa noche me alejé algo más que de costumbre y descubrí una piedra grande, muy distinta de los bloques que habíamos desenterrado hasta entonces. Estaba casi totalmente sepultada. Me agaché y aparté la arena con las manos; luego la examiné atentamente a la luz de mi linterna.
A diferencia de los demás sillares éste estaba tallado en ángulos perfectamente rectos, sin superficies cóncavas ni convexas. Parecía de basalto, no de granito, ni de arenisca u hormigón, como los otros.
Súbitamente me incorporé, di la vuelta y eché a correr a toda velocidad hacia el campamento. Fue una huida completamente inconsciente e irracional, y sólo cuando estuve cerca de mi tienda comprendí por qué había huido. Entonces descubrí el motivo de mi horror. Con piedras como aquélla había soñado yo; a ellas se referían también las leyendas ancestrales, y siempre aparecían vinculadas a los más espantosos horrores de aquella remota edad legendaria.
La piedra había formado parte de las ruinas basálticas que inspiraban a la fabulosa Gran Raza un santo temor; era un vestigio de aquellas altas torres sin ventanas que construyeron las terribles criaturas semimateriales, las que dominaban los vientos, que luego fueron confinadas en los abismos inferiores, bajo losas selladas y vigiladas día y noche.
Permanecí sin poderme dormir hasta el alba; al clarear el día, comprendí que era necio dejarme dominar por la sombra de una quimera imposible. En vez de asustarme debería haber sentido entusiasmo ante un descubrimiento capital.
Al levantarnos todos conté a los demás mi hallazgo. Dyer, Freeborn, Boyle, mi hijo y yo, salimos a ver el extraño bloque. Pero sufrimos una decepción. Yo no podía precisar el lugar exacto de la piedra, y el viento había alterado por completo el paisaje de dunas arenosas.


VI

Llego ahora a la parte crucial de mi aventura, la más difícil de relatar, puesto que ni siquiera estoy completamente seguro de que sea cierta. A veces siento la penosa convicción de que no fue un sueño ni una pesadilla, y es esa duda, precisamente -habida cuenta de las trascendentales consecuencias que implicaría mi experiencia, de ser efectivamente real-, la que me impulsa a escribir esta relación.
Mi hijo -que es un psicólogo competente, y que además ha estudiado el asunto a fondo y con cariño- podrá juzgar mejor que nadie lo que voy a decir.


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