El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.13
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¿Seria en realidad otra nave U-, y me brindaría la posibilidad de rescatarme?
Conviene que el lector no acepte como verdad objetiva nada de cuanto sigue. Dado que los acontecimientos trascienden la ley natural, han de ser necesariamente creaciones subjetivas e irreales de mi mente sobreexcitada. Al llegar a la torreta, descubrí el mar, en general, muchísimo menos luminoso de lo que esperaba. No había fosforescencia alguna vegetal ni animal, y la ciudad que descendía hacia el río era invisible en las tinieblas. Lo que vi no era espectacular; no era grotesco ni aterrador. Sin embargo, me hizo perder el último atisbo de confianza en mi conciencia. La puerta y los ventanales del templo subacuático tallado en el monte rocoso se encontraba vívidamente iluminado por un resplandor vacilante, como procedente de las llamas poderosas de un altar en lo mds profundo de su interior.
Los incidentes que siguieron son caóticos. Mientras observaba el pórtico y los ventanales misteriosamente iluminados, sufrí las visiones más extravagantes; visiones tan insensatas, que no me es posible siquiera consignarías. Me pareció vislumbrar bultos en el templo; bultos que estaban inmóviles, y bultos que se movían; y me pareció también oír otra vez el cántico irreal que flotaba a mi alrededor cuando desperté. Y por encima de todo, despertaron en mí pensamientos y temores que giraban en torno al joven del mar y la imagen de marfil cuya talla era reproducción de los frisos y columnas del templo que tenía ante mí. Pensé en el pobre Klenze, y me pregunté dónde descansaría, con aquella imagen que había devuelto al mar. El me había advertido que se había vuelto loco ante dificultades que un prusiano es capaz de soportar perfectamente.
El resto es muy simple. Mi impulso a visitar y entrar en el templo se ha convertido ya en una orden inexplicable e imperiosa a la que finalmente no me puedo resistir. Mi voluntad alemana no es capaz de controlar mis actos, y la volición es posible en adelante sólo cuando se trata de cuestiones sin importancia. Semejante locura es la que arrastró a la muerte al pobre Klenze, sin escafandra ni protección alguna, en el océano; pero yo soy prusiano y hombre con sentido común, y utilizaré hasta el final la poca voluntad que me queda. Cuando comprendí por primera vez que debía ir, preparé la escafandra y el regenerador de aire para ponérmelo inmediatamente; acto seguido, empecé a escribir esta crónica apresurada con la esperanza de que llegue al mundo alguna vez.
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