El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.12
Indice General
|
Volver
Página 12 de 14
Comprendiendo que necesitaba descansar, tomé un sedante a fin de procurarme un poco más de sueño. Mi estado de nervios se reflejó en mis pesadillas, ya que me pareció oír gritos de personas ahogándose, y ver sus rostros apretados contra el cristal de los portillos de la nave. Y entre las caras muertas, estaba el semblante burlesco y vivo del joven de la imagen de marfil.
Debo tener cuidado en el modo de consignar mi despertar hoy, ya que me siento trastornado; y sin duda hay muchas alucinaciones mezcladas con lo real. Psicológicamente, mi caso es enormemente interesante, y siento no poder ser reconocido científicamente por una autoridad alemana competente. Al abrir los ojos, lo primero que experimenté fue un deseo irresistible de visitar el templo de roca; deseo que aumentaba a cada instante, aunque trataba instintivamente de resistir con alguna emoción de temor que operaba en sentido contrario. A continuación, me sobrevino una impresión de luz en medio de la oscuridad de las baterías descargadas, y me pareció ver una especie de resplandor fosforescente en el agua que entraba por el portillo orientado hacia el templo. Esto despertó mi curiosidad, pues sabía que ningún organismo de las profundidades abismales era capaz de emitir tal luminosidad. Pero antes de que pudiese comprobarlo, me llegó una tercera impresión que, debido! a su caracter irracional, me hizo dudar de la objetividad de todo cuanto registrasen mis sentidos. Fue una ilusión auditiva: una sensación de sonido rítmico, melódico, como de cántico o himno coral frenético, aunque hermoso, que provenía del exterior y traspasaba el casco del U-29, pese a estar absolutamente insonorizado. Convencido de mi anormalidad .psicológica y nerviosa, encendí algunas cerillas y me tomé una fuerte dosis de bromuro sódico, que pareció calmarme hasta el extremo de disipar esa ilusión de sonido. Pero seguía la fosforescencia, y me costó trabajo reprimir el infantil impulso de ir a la portilla a averiguar su causa. Era espantosamente realista; hasta el punto de que podía distinguir los objetos familiares que me rodeaban, así como el vaso vacío del bromuro, del que no tenía impresión visual alguna del sitio donde lo había dejado. Esta última circunstancia me hizo reflexionar, crucé el compartimiento y toqué el vaso. Efectivamente, estaba en el lugar donde me parecía verlo. Ahora sabía que la luz era o bien real, o parte de una alucinación tan fija y coherente que no podía esperar que se disipase; de modo que renunciando a toda resistencia, subí a la torreta, con intención de averiguar cuál era el agente luminoso.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
>>>
|