El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.10
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Aunque sabía que mi muerte estaba cerca, me consumía la curiosidad; y seguí moviendo el proyector ansioso por ver. El haz de luz me permitía apreciar muchos detalles, pero no lograba revelar nada, más allá de
la puerta del templo tallado en la roca. Un rato después apagué, consciente de que debía ahorrar energía. Los
rayos ahora eran sensiblemente más débiles que en las semanas de navegación a la deriva. Y como acuciado por la inminente privación de la luz, me aumentó el deseo de explorar los secretos de las aguas. Como alemán, debía ser el primero en pisar esos caminos olvidados durante milenios.
Saqué y examiné una escafandra de grandes profundidades, de metal articulado, y probé la luz portátil y el regenerador de aire. Aunque seria difícil manejar yo solo la doble escotilla, pensé que podía salvar todos los obstáculos con mi habilidad científica, y caminar efectivamente por esa ciudad muerta.,
El 16 de agosto efectué una salida del U-29, y caminé trabajosamente por las calles en ruinas y cubiertas de barro, hacia el antiguo río. No encontré esqueletos ni restos humanos, aunque coseché una enorme riqueza arqueológica en esculturas y monedas. No puedo hablar ahora de todo ese material, si no es para expresar mi terror ante esta cultura que se encontraba en el cenit de la gloria cuando los cavernícolas vagaban por Europa y el Nilo discurría sin que se asomara a él civilización alguna. Otros, guiados por este manuscrito
-si llega a ser encontrado alguna vez-., deberán revelar el misterio que yo solamente puedo señalar. Volví a la nave, dado que mis baterías se debilitaban, aunque decidido a explorar el templo de roca al día siguiente.
El 17, aunque mis deseos de explorar el misterio del templo se habían vuelto más insistentes, me llevé un desencanto, al descubrir que los materiales que necesitaba para recargar la lámpara portátil habían perecido en el motín de aquellos cerdos, del mes de julio. Mi rabia no tuvo límites; sin embargo, mi sentido común alemán no me permitía aventurarme a entrar sin las debidas condiciones en un recinto completamente en tinieblas que podía resultar la madriguera de algún indescriptible monstruo marino, o un laberinto de cuyos pasadizos me fuera luego imposible salir. Todo lo que podía hacer era enfocar el proyector del U-29, acercarme hasta la puerta con su ayuda, y examinar los relieves exteriores. El haz de luz entraba por el pórtico en ángulo ascendente; de modo que me asomé para ver si lograba descubrir algo, aunque en vano.
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