El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.8
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Esa noche sentí no haberme apoderado disimuladamente de la imagen de marfil del bolsillo del pobre Klenze; porque me fascinaba su recuerdo. No podía olvidar aquella cabeza joven y hermosa con su corona de hojas, aunque no poseo talante artístico. También sentía no tener con quien conversar. Era mejor tener a Klenze, aunque no estuviese a mi altura intelectual, que a nadie. Esa noche no dormí bien, preguntándome cuándo me llegaría el fin. Evidentemente, había muy pocas probabilidades de que me rescataran.
Al día siguiente, subí a la torreta e inicié las acostumbradas exploraciones con el proyector. Hacia el norte, la perspectiva era muy semejante a la que habíamos tenido desde que avistamos el fondo, pero noté que el desplazamiento del U-29 era menos rápido. Al enfocar el haz de luz hacia el sur, noté que el fondo oceánico descendía en un pronunciado declive, y que había bloques de piedra curiosamente regulares en determinados puntos, dispuestos como siguiendo un trazado concreto. La nave, al principio, no descendió en seguida paralelamente a la creciente profundidad del océano, de modo que no tardé en yerme obligado a ajustar el proyector, a fin de seguir enfocando su potente haz hacia abajo. A causa del brusco movimiento se desconectó un cable, y tardé varios minutos en conectarlo otra vez; finalmente, volvió la luz al proyector, y se derramó por el valle marino que tenía debajo de mí.
No soy propenso a dejarme llevar por emociones de ninguna clase, pero mi asombro fue muy grande cuando vilo que el haz de luz eléctrica iluminaba. Sin embargo, como persona educada en la mejor Kultur de Prusia, no debí haberme asombrado, ya que la geología y la tradición nos hablan igualmente de grandes transposiciones de zonas oceánicas y continentales. Lo que vi fue una complicada serie de edificios en ruinas, todos de una arquitectura magnífica, aunque inclasificable, y en diversos grados d¿ conservación. La mayoría parecía ser de un mármol que brillaba blanquecino bajo los rayos del proyector, y el trazado general correspondía a una gran ciudad enclavada en el fondo de un estrecho valle, con numerosos templos y villas diseminados por las empinadas laderas. Había tejados hundidos y columnas caídas; pero aún reinaba un aire de esplendor inmensamente antiguo que nada era capaz de borrar.
Comprendiendo que al fin me encontraba ante la Atlántida, a la que antes había considerado un mito, me sentí el más ávido de los exploradores.
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