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El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.7

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Repetiré aquí lo que dijo, subrayando las palabras que él recalcó: «¡El está llamando! ¡El está llamando! ¡Le oigo! ¡Tenemos que ir! ». Mientras hablaba, cogió la imagen de marfil de encima de la mesa, se la guardó en el bolsillo, y me agarró del brazo con intención de llevarme escaleras arriba, hacia cubierta. En seguida me di cuenta de que pretendía abrir la escotilla, y que saliéramos los dos al agua exterior; extravagancia suicida y homicida a la que yo no estaba dispuesto. Al echarme atrás, y tratar de calmarle, se puso más violento, y exclamó:
--Vamos ahora... no esperemos a más tarde; es mejor arrepentirse y ser perdonado, que desafiar y ser condenado.
Así que, en vez de tratar de tranquilizarle, adopté la actitud contraria, y le dije que estaba loco, loco de remate. Pero no se conmovió, y dijo a gritos:
--¡Si estoy loco, es una suerte! ¡Que los dioses tengan piedad del hombre que, en su insensibilidad, permanece sano hasta su espantoso fin! ¡Ven y enloquece, ahora que él nos llama con misericordia!

Esta explosión pareció aliviar la presión de su cerebro; porque seguidamente se mostró mucho más dócil, y me pidió que le dejase ir solo, si no quería acompañarle. Me di cuenta en seguida de qué era lo que debía hacer. Aunque era alemán, se trataba sólo de un renano de lo más ordinario; y ahora, se había convertido en un loco potencialmente peligroso. Accediendo a su petición suicida, me libraría inmediatamente del que ya no era mí compañero, sino una amenaza. Le pedí que me diese la imagen de marfil, pero mi petición provocó en él una risa tan inusitada que no insistí. Entonces le pregunté si quería dejar algún recuerdo o bucle de pelo para su familia en Alemania, en caso de que yo fuese rescatado; pero nuevamente se echó a reír. De modo que, cuando subió por la escala, fui a los mandos y, tras los intervalos de tiempo adecuados, hice funcionar el mecanismo que iba a acabar con su vida. Una vez comprobado que ya no estaba a bordo, di una pasada con el proyector por el agua, en un intento por verle por última vez, para comprobar si le aplastaba la presión del agua, tal como debía ocurrir teóricamente, o si no afectaba a su cuerpo, como pasaba con aquellos extraordinarios delfines. Sin embargo, no conseguí ver a mi difunto compañero, ya que los delfines se apelotonaban en torno al submarino oscureciendo los alrededores de la torreta.


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