El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.6
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Al cabo de cierto tiempo, sufrió un notable desequilibrio, y permanecía horas y horas mirando la imagen de marfil, y murmurando fantásticas historias sobre cosas perdidas y olvidadas bajo la mar. A veces, a modo de prueba psicológica, le hacía hablar de todos estos desvaríos, y escuchaba sus interminables citas poéticas y relatos de barcos hundidos. Me aaba mucha lástima su estado, ya que me desagrada ver sufrir a un alemán; pero no era persona con la que valiera la pena morir. En cuanto a mí, era un hombre orgulloso, consciente de que la Patria honraría mi memoria, y de que mis hijos serían educados para que fuesen como yo.
El 9 de agosto avistamos el fondo oceánico, y proyectamos un potente haz de luz hacia él. Era una inmensa llanura ondulada, cubierta en su mayor parte de algas, y salpicada de conchas y pequeños moluscos. De trecho en trecho se veían objetos verdosos de misteriosos contornos, cubiertos de algas e incrustados de percebes; Klenze afirmaba que sin duda eran barcos antiguos hundidos. Hubo una cosa que le dejó perplejo: un pico sólido que emergía casi unos cuatro pies del lecho del océano; tenía unos dos pies de grosor, y los lados planos; las superficies superiores, suaves, se unían formando un ángulo muy obtuso. Dije que era una punta de roca que emergía; pero Klenze creyó ver figuras talladas en ella. Poco después empezó a temblar, y se alejó como asustado del portillo; sin embargo, no dio otra explicación, sino que le abrumaba la inmensidad, oscuridad, antigüedad y misterio de los abismos oceánicos. Tenía la mente cansada; pero yo soy alemán en todo momento, y no tardé en observar dos cosas: que el U-29 soportaba espléndidamente la presión del agua, y que los extraños delfines seguían a nuestro alrededor, aun cuando estábamos a una profundidad en la que la mayoría de los naturalistas considera imposible la existencia de organismos superiores. Estaba convencido de que habíamos sobreestimado nuestra profundidad; con todo, sin duda estábamos lo bastante abajo como para que estos fenómenos resultaran extraordinarios. Nuestra velocidad, siempre hacia el sur, era más o menos la que yo calculaba por los organismos que pasaban en los niveles superiores.
A las 15,15 del 12 de agosto, el pobre Klenze se volvió completamente loco. Había estado en la torreta utilizando el proyector, cuando le vi entrar en el compartimiento de la biblioteca, donde yo me encontraba sentado leyendo, y su cara le traicionó inmediatamente.
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