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El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.3

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Y decía que el joven que habíamos arrojado por la borda iba a la cabeza. Esto resultaba sumamente horrible e insensato, así que ordenamos que le encerrasen y le administrasen una sana ración de latigazos. A los hombres no les gustó esta clase de castigo, pero era necesaria la disciplina. Asimismo, nos negamos a la petición que vino a presentar una delegación encabezada por el marinero Zimmer, de que arrojáramos al mar la extraña cabeza tallada en marfil.
El 20 de junio, los marineros Bohm y Schmidt, que habían caído enfermos el día anterior, se volvieron locos violentos. Lamenté no tener un médico entre nuestros oficiales, ya que las vidas alemanas son preciosas; pero los constantes delirios de los dos hombres sobre una terrible maldición trastornaban enormemente la disciplina, así que tomamos drásticas medidas. La tripulación aceptó el hecho con hosquedad, pero pareció serenar a Múller, que en adelante no volvió a causar problemas.
La semana siguiente estuvimos todos muy nerviosos, vigilando en espera del Dacia. La tensión se agravó con la desaparición de Müller y de Zimmer, quienes se suicidaron sin duda a causa del miedo que parecía atormentarles, aunque nadie les vio saltar por la borda. Casi me alegré de yerme libre de Müller, porque incluso su mutismo influía de manera perniciosa en la tripulación. Ahora, todos parecían inclinados a permanecer en silencio, como si tuviesen algún secreto temor. Muchos estaban enfermos, pero ninguno causaba problemas. El alférez de navío Klenze, debido a la tensión, se irritaba por cualquier insignificancia, como con la manada de delfines, cada vez más numerosa, que daba escolta al U-29, o la creciente intensidad de la corriente sur, que no registraban nuestras cartas.
Por último, se hizo evidente que habíamos perdido el Dacia por completo. Estos fracasos no son infrecuentes, y nos sentimos ruás contentos que decepcionados, ya que había orden de regresar a Wilhelmshaven. A las 12,00 horas del 28 de junio pusimos rumbo nordeste; y a pesar de embarullamos cómicamente con la inusitada multitud de delfines, no tardamos en encontrarnos en ruta.
La explosión ocurrida en la sala de máquinas, a las 2,00 horas, nos cogió completamente de sorpresa. No se había observado ninguna anomalía en la maquinaria ni negligencia alguna por parte de los hombres; sin embargo, inesperadamente, la nave se estremeció de punta a punta a causa de la tremenda sacudida. El alférez de navío Klenze acudió corriendo a la sala de máquinas, encontrando el depósito de combustible y casi todo el mecanismo destrozados, y los maquinistas Raabe y Schneider muertos.


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