El templo (Howard Phillips Lovecraft) - pág.2
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Pero ni a él ni a mí se nos ocurría cómo habría llegado a manos de un simple marinero.
Al ser arrojado el muerto por la borda ocurrieron dos incidentes que causaron gran inquietud entre la tripulación. Le habían cerrado los ojos al infeliz; pero al desprender su cuerpo de la barandilla se le volvieron a abrir, y muchos tuvieron la curiosa impresión de que miraron fijamente, y como con burla, a Schmidt y a Zimmer, que estaban inclinados sobre su cadáver. Al contramaestre Müller, hombre maduro que habría llegado más lejos de no haber sido un cochino y supersticioso alsaciano, le excitó de tal modo esta impresión, que siguió observando el cadáver en el agua, y juró que, tras sumergirse un poco, puso los brazos y las piernas en posición de nado, y desapareció velozmente bajo las olas en dirección sur. A Klenze y a mí no nos gustaron estas muestras de ignorancia propias de paletos, y amonestamos severamente a los hombres, particularmente a Müller.
Al día siguiente, se creó una situación muy molesta debido a la indisposición de algunos miembros de la tripulación. Evidentemente, sufrían cierta tensión nerviosa a causa de nuestro largo viaje, y habían sufrido pesadillas. Algunos parecían completamente aturdidos y torpes; así que después de comprobar yo personalmente que su debilidad no era fingida, les relevé de sus obligaciones. El mar estaba algo encrespado, de modo que descendimos a una profundidad en la que el oleaje era menos molesto. Aquí reinaba una calma relativa, pese a cierta misteriosa corriente en dirección sur que no logramos localizar en nuestras cartas oceanográficas. Los lamentos de los enfermos eran decididamente molestos; pero puesto que no parecían desmoralizar al resto de la tripulación, no recurrimos a medidas extremas. Nuestro plan era permanecer donde estábamos e interceptar el transatlántico Dacia, mencionado en la información de nuestros agentes de Nueva York.
A primera hora de la tarde, salimos a superficie y encontramos la mar menos movida. El humo de un barco de guerra apareció en el horizonte; pero la distancia y nuestra habilidad para sumergirnos evitaron todo peligro. Lo que más nos preocupaba eran las cosas que decía el contramaestre Müller, cada vez más incoherentes, a medida que se iba haciendo de noche. Se encontraba en un lamentable estado de puerilidad: balbuceaba insensateces, y hablaba de muertos que pasaban por delante de las portillas sumergidas, de cadáveres que le miraban fijamente, a los que él reconocía a pesar de lo hinchados que estaban, ya que los había visto ahogarse durante nuestras victoriosas hazañas germanas.
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