El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.49
Indice General
|
Volver
Página 49 de 72
Delante de mí, en forma obetiva y seguramente dejadas no hacia muchas horas, había al menos tres huellas que destacaban ominosamente entre la sorprendente plétora de borrosas pisadas que iban venían de la granja de Akeley. ¡Eran las endemoniada huellas de los hongos vivientes de Yuggoth!
Me contuve a tiempo de evitar que saliera un grito de mi garganta. Después de todo, ¿que había allí que no esperase encontrar, en el supuesto de que hubiese creído realmente lo que Akeley decía en sus cartas? Ultimamente hablaba de hacer la paz con aquellos seres. ¿Qué de extraño había, pues, en que alguno fuera a visitarle? Pero el terror era más fuerte que cualquier intento por devolverme la confianza. ¿Cabe esperar de un hombre que permanezca impasible cuando ve por vez primera las huellas de unos seres animados procedentes de los abismos exteriores del espacio? En aquel preciso instante vi a Noyes que salía de- la casa y se dirigía hacia mí con paso rápido. Me dije a mí mismo que debía controlarme, pues lo más probable era que tan cordial amigo no supiera nada de las asombrosas y trascendentales investigaciones de Akeley en el mundo de lo prohibido.
Akeley, Noyes se apresuró a comunicarme, se alegraba de mi llegada y quería yerme, aunque el ataque de asma que acababa de sufrir le imposibilitaría ser el anfitrión que hubiese deseado por espacio de uno o dos días. Aquellos ataques le afectaban mucho cuando le sobrevenían, y siempre iban acompañados de una fiebre que le dejaba postrado en cama y con una debilidad general. Apenas podía hacer nada mientras se encontraba en tal estado: sólo podía hablar en voz muy baja, y se encontraba muy torpe y débil para intentar moverse. Además, se le hinchaban los pies y los tobillos, hasta el punto de tener que vendárselos como si fuera un gotoso y grueso anciano. Aquel día se encontraba en bastante mal estado, por lo que me vería obligado a arreglármelas de momento como pudiera, si bien ardía en deseos de conversar conmigo. Le encontraría en su estudio, justo a la izquierda del vestíbulo; era la habitación con las cortinas echadas. Los ojos de Akeley eran muy sensibles y no podían soportar la luz del sol cuando estaba enfermo.
Al tiempo que Noyes se despedía de mí y se alejaba en su coche en dirección norte, comencé a andar con paso lento hacia la casa.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31
32
33
34
35
36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
47
48
49
50
>>>
Páginas
1-50
51-72
|