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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.47

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Ahora, en cambio, nos hallábamos inmersos en carne y hueso en el centro del cuadro, y en medio de aquella negromancia me pareció ver algo que había heredado o conocía de forma innata y que siempre había buscado en vano.
De pronto, tras salir de una pronunciada curva en lo alto de una - empinada pendiente, el coche se detuvo. A mi izquierda, en medio de un césped bien cuidado que se extendía hasta la carretera y lucía un cerco de piedras encaladas, se levantaba una blanca casa de dos pisos más buhardilla, de unas dimensiones y esbeltez nada comunes en la comarca, con una serie de cobertizos y heniles contiguos o unidos por arcadas, y un molino de viento en la parte posterior, a la derecha. La reconocí al instante gracias a la fotografía que recibí en su día, y no me extrañó nada ver el nombre de Henry Akeley en el buzón de hierro galvanizado que había a orillas de la carretera. En la parte trasera de la casa, y a una cierta distancia, se extendía una franja llana de terreno pantanoso y con escasa vegetación arbórea, detrás del cual se erguía una ladera, muy boscosa y con una pronunciada pendiente, que culminaba en una frondosa cresta en forma de diente. Posteriormente me enteré de que aquella era la cima de Dark Mountain, de la cual debíamos encontrarnos a medio camino.
Tras apearse del coche y coger mi maleta, Noyes me rogó que aguardase mientras iba a notificarle a Akeley mi llegada. El, añadió, tenía algo importante que hacer en otra parte y no podía detenerse más que un momento. Mientras Noyes avanzaba a paso ligero por el sendero que llevaba a la casa, bajé del coche pues quería estirar un momento las piernas antes de disponerme para la sedentaria y larga conversación que me esperaba. Mi nerviosismo y tensión habían vuelto a dispararse, ahora que me encontraba en el escenario de los espeluznantes acosos que tan repetidas veces describió Akeley en sus cartas, y honradamente confieso que temblé de pensar en las conversaciones que íbamos a mantener y que iban a ponerme en contacto con aquellos extraños y prohibidos mundos.
La proximidad de lo extraordinario es con frecuencia más terrorífica que estimulante y no me reconfortó lo más mínimo pensar que aquel pequeño trecho de polvoriento camino era el lugar donde se habían encontrado aquellas monstruosas huellas y aquella fétida sustancia verde tras varias noches sin luna en que el temor y la muerte impusieron su ley.


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