El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.46
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Se puso a hablar de la singular belleza y hechizo de la comarca, al tiempo que demostraba no ser ajeno a los estudios sobre el folklore de mi anfitrión. Por las preguntas que con sumo tacto me hacía era evidente que conocía la finalidad científica de mi viaje y sabía que traía información de cierta importancia, pero no dio muestras de saber apreciar el extraordinario grado de profundidad a que habían llegado las investigaciones de Akeley.
Sus modales eran tan agradables, normales y educados, que sus observaciones deberían haberme tranquilizado y devuelto la confianza; pero, extrañamente, su efecto era justo el contrario: mi inquietud iba en aumento a medida que sorteábamos curvas y traqueteábamos por aquellas carreteras para adentramos en desolados parajes en que todo eran montañas y bosques. A veces daba la impresión de que mi acompañante intentaba tirarme de la lengua para ver qué sabía de los espeluznantes secretos que encerraba aquel lugar, y cuanto más hablaba mayor era aquella vaga, molesta y desconcertante familiaridad que encontraba en su voz. No se -trataba de una familiaridad que pudiera calificarse de normal o agradable, a pesar del tono tan prudente y educado de su voz. De alguna - manera, la relacionaba con pesadillas ya olvidadas, y tenía la impresión de que si la identificaba me volverla loco. De haber contado con un buen pretexto, creo que habría renunciado a seguir adelante. Pero tal como estaban las cosas no podía hacerlo.., y pensé que una conversación fría y científica con el propio Akeley nada más llegar me ayudaría mucho a calmar mis nervios. -
Además, había un elemento extrañamente tranquilizador, de belleza propiamente cósmica, en aquel hipnótico paisaje por el que subíamos y bajábamos como en sueños. La noción del tiempo se había perdido en los laberintos que quedaban atrás, y en derredor sólo se divisaban las florecientes olas de lo feérico y el renacido encanto de siglos ya pasados: las venerables arboledas, los inmaculados pastos cercados de festivos capullos otoñales y, a grandes intervalos, las pequeñas granjas de color marrón cobijadas entre grandes árboles bajo precipicios verticales cubiertos de fragantes brezos y tupidas hierbas. Hasta la misma luz del sol tenía un supremo encanto, como si una atmósfera o exhalación especial cubriese la comarca entera. Jamás había visto nada parecido, excepto en los paisajes mágicos que en ocasiones constituyen el trasfondo de los primitivos italianos. Sodoma y Leonardo concibieron tales espacios, pero sólo a distancia y a través de las bóvedas de las arcadas renacentistas.
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