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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.43

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El tren se ceñía al curso - de las aguas, y en la otra margen, ya en New Hampshire, pude ver la cercana ladera del escarpado Wantastiquet, sobre el que circulaban todo tipo de antiguas y extraordinarias leyendas. Luego aparecieron calles a mi izquierda y una isla verde en medio del río, a mi derecha. La gente se levantó y se encaminó hacia la puerta, y yo les seguí. - El tren se detuvo, y de repente me encontré bajo la larga marquesina de la estación de Brattleboro.
Mirando la hilera de automóviles que esperaban, vacilé un momento tratando de averiguar cuál seria el Ford de Akeley, pero mi identidad fue descubierta antes de que pudiera tomar ninguna iniciativa. Quien se dirigía hacia mí con la mano tendida y me preguntaba con gran delicadeza si yo era Albert N. Wilmarth, de Arkham, no era, desde luego, Akeley. Aquel hombre no se parecía en nada al barbudo y entrecano Akeley de la fotografía. Era una persona mucho más joven y más de ciudad, vestida a la moda y sólo con un bigote negro recortado. Su refinada voz me produjo una sensación extraña y casi inquietante de vaga familiaridad, aunque no pude precisar a quién me recordaba.
Mientras le examinaba, le oí explicar que era un amigo de mi presunto anfitrión y que había venido de Townshend en su lugar. Akeley, decía, había sufrido un repentino ataque de la dolencia asmática de que sufría, y no se encontraba en condiciones de hacer el viaje. Pero no era nada grave, y no habría ningún cambio en los planes que me habían llevado hasta allí. No podía columbrar en qué medida el tal Mr. Noyes -nombre con el que se me presentó- estaba al corriente de las investigaciones y descubrimientos de Akeley, aunque dada su informal apariencia no me los imaginaba juntos. Pensando en la vida solitaria que Akeley llevaba, me sorprendió un tanto el que pudiera recurrir fácilmente a semejante amigo; pero mi perplejidad no me impidió entrar en el automóvil que mi acompañante me señalaba con un gesto. Aquel no era el viejo cochecito que esperaba encontrar por las descripciones que me hizo Akeley, sino un grande e inmaculado modelo de reciente aparición en el mercado, propiedad de Noyes al parecer y con matrícula de Massachusetts, con el curioso emblema del «sagrado bacalao» de aquel año. Mi guía, deduje, debe ser un veraneante de paso en la comarca de Townshend.


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