El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.42
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VI
El miércoles me puse en camino, tal como habíamos acordado, llevando por todo equipaje una maleta llena de objetos personales y material científico; es decir, la horrible grabación fonográfica, las fotografías y toda la correspondencia mantenida con Akeley. Siguiendo las instrucciones, no le dije a nadie adónde iba; me daba perfecta cuenta de que todo aquello requería la máxima discreción, aun por muy favorablemente que evolucionase. La sola idea de un auténtico contacto mental con entes extraños procedentes del mundo exterior -no dejaba de resultar prodigiosa para una mente preparada, e incluso un tanto predispuesta, como la mía. ¿Cuál seria, pues, su efecto sobre la masa de profanos sin ningún conocimiento sobre la materia? No sé qué sentimiento predominaba en mí, si el temor o la expectación ante lo desconocido, cuando, tras cambiar de tren en Boston, me adentré en dirección oeste dejando atrás un territorio conocido. Waltham... Concord... Ayer... Fitchburg... Gardner... Athol...
- El tren llegó a Greenfield con siete minutos de retraso, pero aún estaba esperando el expreso que enlazaba en dirección norte. A toda prisa transbordé, y mientras el tren discurría a plena luz del día por territorios de los que había leído mucho, pero jamás había visitado, experimenté una extraña sensación de desasosiego. Me adentraba en una Nueva Inglaterra más primitiva y retrasada que las mecanizadas y urbanizadas regiones meridionales y del litoral en que había pasado toda mi vida; una Nueva Inglaterra ancestral y todavía intacta, sin los extranjeros ni los humos de las fábricas, sin los anuncios ni las carreteras de hormigón que pueden verse allí donde ha llegado la modernidad. Podían apreciarse esporádicos restos de una vida aborigen no abandonada cuyas profundas raíces la convertían en auténtica prolongación del país: esa vida aborigen, transmitida de generación en generación que conserva extrañas y antiguas tradiciones y fertilizan el suelo para que puedan germinar creencias tenebrosas, maravillosas y rara vez mencionadas.
De vez en cuando veía a un lado la azul franja del río Connecticut resplandeciendo bajo la luz del sol, y a la salida de Northfield lo cruzamos. Al frente se vislumbraban unas verdes y enigmáticas montañas, y cuando pasó el revisor me enteré de que nos encontrábamos ya en Vermont. Me dijo éste que retrasara el reloj -una hora, pues en aquella montañosa región septentrional no querían saber nada de cambios de hora para ahorrar luz solar. Al hacerlo, me pareció como si retrasara el calendario un siglo entero.
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