El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.41
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Una comezón me invadía ante la sola idea de lo que Akeley iba a contarme... Sentía tal fascinación que casi me impedía todo movimiento el imaginarme sentado allí, en aquella solitaria y - en los últimos tiempos- asediada granja, ante un hombre que había hablado con auténticos emisarios del espacio exterior; sentado allí con aquella espeluznante grabación y el montón de cartas en que Akeley había tratado de resumir sus conclusiones previas.-
De modo que no lo pensé más y el domingo por la mañana envié un telegrama a Akeley en el que le decía que le encontraría en Brattleboro el miércoles siguiente
- -el 12 de septiembre- si no tenía nada que objetar a aquella fecha. Sólo en una cosa no seguí sus indicaciones: en la elección del tren. Con franqueza, no me agradaba nada la idea de llegar bien entrada la noche a aquella encantada región de Vermont, así que, en lugar de ir en el tren que Akeley sugería, telefoneé a la estación e hice otra combinación Levantándome temprano y cogiendo el tren de las 8,07 con destino a Boston, podía tomar el de las 9,25 que llegaba a Greenfield a las 12,22. Este conectaba exactamente con un tren que llegaba a Brattleboro a la 1,08 de la tarde... hora a todas luces infinitamente mejor que las 10,01 de la noche para encontrar a Akeley y viajar con él por aquella comarca abigarrada de cumbres montañosas y encubridora de tantos -secretos.
Le comuniqué mi combinación en el telegrama, y me alegró saber en la respuesta que me envió aquella misma noche que estaba de acuerdo con mis planes. Su telegrama decía así:
COMBINACION SATISFACTORIA. LE ESPERARE TREN UNA OCHO MIERCOLES. NO
OLVIDE GRABACION CARTAS Y FOTOGRAFIAS. TRANQUILICESE HASTA ESE
DíA.. ESPERE GRANDES REVELACIONES.
AKELEY
La llegada a mis manos de este mensaje, respuesta directa del que envié a Akeley - y que por fuerza tenía que haber sido llevado a su casa desde la estación de Townshend, bien por un funcionario de telégrafos o a través del hilo telefónico reparado-, borró cualquier duda subconsciente que pudiera albergar acerca de la autoría de tan sorprendente carta. Experimenté una gran sensación de alivio, desde luego infinitamente mayor de la que podía esperar por entonces, pues mis dudas no se habían desvanecido del todo sino que estaban profundamente soterradas. Pero aquella noche dormí a pierna suelta y hasta bien entrada la mañana, y durante los dos días siguientes me dediqué afanosamente a hacer los preparativos del viaje.
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