El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.40
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Las palabras, la ortografía... todo era sutilmente distinto. Y con mi sensibilidad académica hacia la prosa
literaria, pude descubrir profundas divergencias en sus más normales reacciones y en el ritmo de sus respuestas Desde luego, el cataclismo emocional o revelación capaz de producir tan brusca transformación debió de ser tremendo, no cabe la menor duda. Pero también es cierto que la carta tenía todo el estilo de Akeley. La misma pasión por lo infinito, la misma curiosidad intelectual... Ni por un momento -o más de un momento- se me ocurrió la idea de que pudiera ser falsa o hubiera una malintencionada sustitución. ¿Acaso no era la invitación esa buena disposición suya a que comprobara en persona la veracidad de la carta- prueba suficiente de su autenticidad?
El sábado por la noche no me acosté. Lo pasé en vela pensando en los misterios y prodigios ocultos tras aquella última carta. Mi mente, resentida por la rápida sucesión de monstruosas ideas a que había tenido que hacer frente en los últimos cuatro meses, no dejaba de dar vueltas a este nuevo y sorprendente material que llegaba a mis manos, pasando de la duda a la aceptación en un ciclo que no hacía sino repetir la mayoría de las fases por las que atravesé al enterarme por vez primera de tales prodigios. Hasta que mucho antes del amanecer, el interés y la curiosidad que me embargaban comenzaron a reemplazar el marasmo de perplejidad e inquietud en que me sumí en un primer momento. Loco o cuerdo, metamorfoseado o simplemente aliviado lo cierto es que Akeley había descubierto un impresionante cambio de enfoque en su azarosa investigación. Un cambio que reducía drásticamente el peligro -real o imaginario- en que se encontraba, a la vez que abría nuevas e insospechadas perspectivas al conocimiento de lo cósmico y sobrehumano. Mi fervor por lo desconocido se avivó en mi afán por igualar el suyo, y me sentí contagiado por salvar a aquel mórbido obstáculo que se interponía en mi camino. Liberarme de las enloquecedoras y extenuantes limitaciones que imponen el tiempo, el espacio y la ley natural... entrar en relación con el inmenso espacio exterior... acercarme a los espectrales y abismales secretos de lo infinito y lo esencial... ¡sin duda, valía la pena arriesgar la vida, el alma y hasta el propio juicio! Y, además, Akeley decía que ya no había peligro..., me invitaba a visitarle en lugar de aconsejarme que me mantuviera alejado como había - hecho hasta entonces.
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