El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.39
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Todo ello entre semana. Comuníqueme la fecha e iré a la estación a esperarle con mi coche.
Perdone que le escriba a máquina, pero, como usted bien sabe, últimamente me falla el pulso y no me siento capaz de escribir largos párrafos. Ayer compré esta nueva
Corona en Brattleboro, y parece que funciona a la perfección. -
En espera de sus noticias, y deseando verle muy pronto con la grabación fonográfica, todas mis cartas y las fotografías, queda atentamente suyo,
Henry W. Akeley.
A ALBERT N. WILMARTH
UNIVERSIDAD DE MISKATONIC
ARKHAM, MASS.
La complejidad de mis emociones tras leer, releer y reflexionar sobre tan extraña e inesperada carta sobre-pasa toda posible descripción. He dicho que de repente me sentí aliviado al tiempo que me invadía una sensación de desasosiego, pero esto sólo expresa burdamente las implicaciones de multitud de sentimientos, en gran medida subconscientes, que encerraban tanto desahogo como inquietud. Para empezar aquella carta estaba tan en las antípodas de toda la cadena de horrores que la precedieron... El cambio de actitud desde el terror más descarnado a aquella fría complacencia, e incluso exaltación, era algo tan imprevisto, meteórico y radical... Me resultaba difícil creer que en un solo día pudiese cambiar de tal manera la perspectiva psicológica de alguien que había escrito aquella exasperada nota del miércoles, al margen de cualquier descubrimiento esperanzador que hubiera experimentado con la llegada del nuevo día. En ciertos momentos, una sensación de irrealidades en conflicto me hacía preguntarme si todo aquel insólito drama de fantásticas fuerzas del que no era partícipe directo no seria una especie de sueño ilusorio producto en gran medida de mi propia imaginación. Luego mi atención se centró en la grabación fonográfica y mi aturdimiento fue aún mayor.
¡Distaba tanto aquella carta - de todo lo que cabía esperar! Al analizar mis impresiones comprobé que había dos fases bien diferenciadas. En la primera, en el supuesto de que Akeley hubiera estado y estuviera aún en su sano juicio, el cambio operado en la situación había sido rapidísimo e increíble. En una segunda fase, el cambio experimentado en la actitud, modo de expresarse y lenguaje de Akeley distaba mucho de lo que puede conceptuarse como normal o previsible. Su personalidad entera parecía haber experimentado una sospechosa transformación, una mutación tan radical que difícilmente podían reconciliarse sus dos aspectos, en el supuesto de que ambos representaran idéntico estado de equilibrio mental.
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