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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.28

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Las huellas de Brown y de al menos uno o dos seres humanos más, que iban calzados, podían verse casi siempre entre las huellas de zarpas que había en el camino y en la parte trasera de la granja. La situación, reconocía Akeley, se había vuelto insoportable, y lo más probable es que muy pronto se marchara a vivir a California con su hijo, vendiera o no la vieja casa. Pero no resultaba nada fácil abandonar el único lugar que uno podía considerar realmente su hogar. Trataría de seguir allí algo más. Tal vez consiguiera ahuyentar a los intrusos.., sobre todo si abandonaba de una vez por todas cualquier intento de profundizar en sus secretos.
Contesté inmediatamente a Akeley, renovándole mis ofrecimientos de ayuda, y le hablé de nuevo de visitarle y ayudarle a convencer a las autoridades del extremo peligro que corría. En su respuesta parecía menos predispuesto contra el plan de lo que su anterior actitud habría hecho suponer, aunque dijo que le gustaría aplazar su salida unos días más... justo el tiempo suficiente para poner en orden sus cosas y hacerse a la idea de que tenía que abandonar el casi morbosamente querido suelo natal. La gente albergaba sospechas sobre sus estudios e investigaciones, y lo mejor sería salir sin ruido de la comarca, sin provocar alborotos ni que empezaran a circular rumores sobre su salud mental. Habla pasado mucho, afirmaba, pero querría marcharse de un modo digno a ser posible.
La carta llegó a mis manos el 28 de agosto, e inmediatamente le escribí y eché al correo una carta de contestación animándole en sus proyectos. A lo que se vio, mis palabras de ánimo surtieron efecto, pues Akeley parecía más tranquilo cuando contestó mi nota. No obstante, no se hacía muchas ilusiones pues creía que lo único que retenía a aquellas criaturas era que habla luna llena. Confiaba que no hubiese muchas noches nubladas, y de pasada hablaba de irse a vivir a una pensión a Brattleboro cuando la luna empezara a menguar. Volví a escribirle en tono animoso, pero el 5 de septiembre me llegó una carta que sin duda debió cruzarse con la mía en el correo... y esta vez sí que me fue imposible darle ninguna respuesta alentadora. En vista de su importancia creo que lo mejor será transcribirla íntegramente, todo lo mejor que mi memoria me permita recordar aquella temblorosa letra.


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