El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.27
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Posteriormente, se fue en coche a Brattleboro, en donde se enteró de que los instaladores de líneas telefónicas habían encontrado el cable principal cortado con suma limpieza en un lugar de las despobladas montañas al norte de Newfane. Pero Akeley se disponía a regresar a casa con cuatro nuevos y excelentes perros y varias cajas de munición para su rifle de repetición de gran calibre. La carta, escrita en la oficina de correos de Brattleboro, llegó a mis manos sin ningún retraso.
Mi actitud respecto a todo aquello había pasado en poco tiempo de un interés científico a otro personal y alarmista. Temía por Akeley en su remota y solitaria granja, e incluso albergaba temores por mi mismo a causa de todo lo que sabía en relación con el extraño caso de la montaña. Aquello trascendía toda lógica. ¿Acabaría también por absorberme y engullirme a mí? Al contestar a la carta de Akeley, le insté a que buscara ayuda, insinuándole que si no lo hacía él podría intentarlo yo. Le hablé de mi intención de ir a Vermont en persona a pesar de sus deseos en contra, y de ayudarle a explicar el caso a las autoridades competentes. Por toda contestación, empero, recibí un telegrama expedido en Bellows Falls y que decía así:
AGRADEZCO SU ATENCION PERO NO PUEDO HACER NADA. NO HAGA NADA PUES PODRIA PERJUDICARNOS A AMBOS. ESPERE EXPLICACION. HENRY AKELY.
Pero el asunto se complicaba cada vez más. Tras contestar al telegrama, recibí una temblorosa nota de Akeley con la sorprendente noticia de que no sólo no había enviado el telegrama, sino que no le había llegado mi carta a la que aquél daba contestación. Tras apresuradas indagaciones en Bellows Falís se comprobó que el telegrama fue cursado por un extraño individuo de cabello color terroso y voz curiosamente pastosa y susurrante, y eso fue prácticamente todo lo que Akeley pudo sacar en claro. El funcionario de telégrafos le enseñó el texto original garrapateado a lápiz por el remitente, pero la caligrafía resultaba completamente desconocida. Se apreciaba un error en la firma A-K-E-L-Y, sin la segunda E. Ciertas conjeturas eran, inevitables a partir de ahí, pero la crisis le había afectado de tal forma que no se paró a meditar al respecto.
Hablaba de la muerte de más perros, de la compra de otros nuevos, y del cruce de disparos que había acabado siendo una nota peculiar de las noches sin luna.
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