El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.26
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Por mí parte, estaba enfurecido y con razón, pues me había hecho a la idea de que al menos se me presentaba una oportunidad para enterarme de cosas profundas y sorprendentes sobre los antiguos e indescifrables jeroglíficos. Aquello me habría dejado mal gusto por algún tiempo de no ser porque las cartas que seguía recibiendo de Akeley hicieron que el horrible problema de la montaña entrara en una nueva fase que acaparó inmediatamente toda mi atención.
IV
Los seres desconocidos, me escribía Akeley con una caligrafía cada vez más temblorosa, habían empezado a montar un cerco en torno a él con una determinación totalmente nueva. Los ladridos nocturnos de los perros cuando no había luna o apenas brillaba se habían vuelto espantosos, y ya se habrían producido intentos de atacarle en las solitarias carreteras por las que transitaba durante el día. El 2 de agosto, cuando se dirigía al pueblo en su coche, se encontró un tronco de árbol en medio del camino en un lugar en que la carretera discurría por entre una frondosa arboleda; los furiosos ladridos de los dos grandes perros que le acompañaban le indicaron muy a las claras que alguno de aquellos seres debía estar merodeando por allí. No quería ni pensar lo que hubiese sucedido de no ser por los perros..., así que en lo sucesivo no se atrevió a salir más sin dos ejemplares cuando menos de su fiel y poderosa jauría. Tuvo otros incidentes en la carretera los días 5 y 6 del mismo mes. En una ocasión un proyectil le pasó rozando el coche, y en otra los ladridos de los perros le advirtieron de peligros ocultos en el bosque.
El 15 de agosto recibí una desesperada carta que me intranquilizó mucho, hasta el punto de hacerme desear que Akeley dejase a un lado su pertinaz reticencia y acudiese a la justicia en busca de ayuda. En la noche del 12 al 13 se habían producido unos espantosos hechos:
se oyeron varios disparos en el exterior de la granja, y tres de los doce grandes perros fueron encontrados muertos a la mañana siguiente. Por minadas se contaban las huellas de zarpas que había en el camino, y entre ellas podían verse las huellas humanas de Walter Brown. Akeley intentó telefonear a Brattleboro para que le enviasen más perros, pero la comunicación se cortó al poco de empezar a hablar.
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