El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.23
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Nos parecía, asimismo, evidente que había vínculos antiguos y complejos entre aquellos misteriosos seres extraterrestres y determinados representantes de la raza humana. Hasta dónde llegaban estos vínculos y hasta qué punto puede compararse su actual estado con el de épocas anteriores, no nos atrevíamos a conjeturar, pero en cualquier caso daban pie a un sinfín de escalofriantes especulaciones. Parecía haber una horrorosa e inmemorial relación en determinados períodos entre el hombre y el infinito desconocido. Todo indicaba que los espantosos seres que aparecieron sobre la tierra procedían del misterioso planeta Yuggoth, en los confines del sistema solar, pero no eran sino la vanguardia de una espantosa raza extraterrestre cuyo origen último debe radicar incluso mucho más allá del continuo espacio-tiempo einsteniano o mayor cosmos conocido.
Entretanto, seguíamos hablando de la piedra negra y de cuál seria la mejor forma de enviarla a Arkham, pues Akeley no estimaba aconsejable que fuera yo a visitarle al escenario mismo de sus alucinantes investigaciones. Por una u otra razón, temía que fuera transportada siguiendo una ruta ordinaria o convencional. Finalmente, decidió que lo mejor sería llevarla campo a través hasta Bellows Falís, y allí enviarla en el ferrocarril de Boston y Maine a través de Keene, Winchendon y Fitchburg, aunque ello significaba tener que conducir por caminos de montaña más solitarios y más rodeados de bosques que la carretera principal que conducía a Brattleboro. Dijo haber visto a un hombre merodeando por la oficina de correos de Brattleboro cuando envió la grabación fonográfica, cuyo aspecto y movimientos no eran nada tranquilizadores. Aquel hombre parecía tener un gran interés en hablar con los empleados de correos, y tomó el tren en que iba la grabación. Akeley confesó que no se había sentido del todo tranquilo hasta que no recibió noticias mías diciéndole que la grabación estaba a buen recaudo.
Por aquellos días --corría la segunda semana de julio- se extravió otra carta mía, según me enteré por una comunicación de Akeley que evidenciaba cierto desasosiego. A raíz de aquello, me dijo que no volviera a escribirle a Townshend y que enviase todas mis cartas a la Lista de Correos de Brattleboro, adonde hacía frecuentes visitas bien en su coche o en un autobús de la línea regular que se había hecho cargo últimamente del servicio de transporte de viajeros que venía prestando el lento ramal de ferrocarril. Me di perfecta cuenta de que su ansiedad iba en aumento, pues entraba en pormenorizado detalle al hablar sobre los ladridos cada vez mayores de los perros en las noches sin luna y las frescas huellas de zarpas que a veces encontraba al amanecer en el camino y en el barro que se formaba en la parte posterior del corral.
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