El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.21
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)
¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías!
(Voz humana.)
Y he aquí que el Señor de los Bosques, siendo... siete y nueve, descendió los peldaños del ónix... le (tri) buta a El en la Vorágine, Azathoth, Aquel de Quien Tú nos has enseñado marav (illas)... sobre las alas de la noche muy lejos del espacio, muy lejos del... a Aquel de quien Yuggoth es el benjamín, girando solo en el negro éter del círculo exterior...
(Voz susurrante.)
... ir entre los hombres y encontrar las formas de hacerlo, que Aquel que está en la Vorágine debe conocer. A Nyarlathotep, Poderoso Mensajero, debe dársele cuenta de todo. Y El tomará la apariencia de los hombres, con la máscara de cera y la indumentaria que oculta, y descenderá del mundo de los Siete Soles para burlar...
(Voz humana.)
(Nyarl) athotep, Gran Mensajero, portador de singular alegría a Yuggoth a través del vacío, Padre del Millón de Privilegiados, Cazador al Acecho entre...
(Interrupción del diálogo por llegarse al final de la grabación.)
Tales fueron las palabras que me preparé a escuchar cuando puse en marcha el fonógrafo. Confieso que un cierto temor y renuncia me embargaban cuando apreté la palanca y oi el rasgar de la punta de zafiro en los primeros surcos, pero experimenté una sensación de alivio al comprobar que las primeras débiles y fragmentarías palabras procedían de una voz humana: una voz suave y educada, con un ligero acento bostoniano, y que en cualquier caso no era de nadie que procediese de la región montañosa de Vermont. Mientras escuchaba aquellas exasperantes y tenues voces, el diálogo me pareció no diferir en nada de la transcripción que tan escrupulosamente había hecho Akeley. Y aquella suave voz bostoniana salmodiaba... « ¡ Iä! ¡ Shub-Niggurath! ¡El Cabrón Negro de las Mil Crías! ...
Y entonces oí la otra voz. Aún hoy siento un estremecimiento retrospectivo cuando pienso en la tremenda impresión que me causó, aun cuando ya estaba sobre aviso por lo que me había dicho Akeley. Aquellos a quienes posteriormente he descrito la grabación afirman no hallar en ella sino una burda patraña o la mejor prueba de un estado de locura, pero estoy convencido de que pensarían de forma diferente si hubieran oído la maldita grabación o leído el grueso de la correspondencia de Akeley (sobre todo, esa terrible y enciclopédica segunda carta).
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