El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.17
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En otra se veía una extraña huella en el suelo, muy cerca de la casa de Akeley, que, según decía éste, había fotografiado de mañana tras una noche en que los perros habían ladrado con mayor intensidad que de costumbre. Estaba muy borrosa, y difícilmente podían extraerse conclusiones de ella, pero tenía un detestable parecido con aquella otra huella de pie o zarpa fotografiada en la desierta altiplanicie. En la última fotografía se veía la casa de Akeley; una preciosa casa de blanca fachada con dos pisos y una buhardilla, construida haría algo más de un siglo, y con un césped bien cuidado y una vereda bordeada de piedras que conducía a una puerta de estilo georgiano labrada con exquisito gusto. En el césped había varios perros policía de gran tamaño, tendidos junto a un hombre de aspecto agradable con una barba gris recién cortada que debía ser el propio Akeley -fotógrafo de sí mismo a juzgar por la perilla conectada a un tubo que empuñaba en su mano derecha.
De las fotografías pasé a la extensa y apretujada carta, sumiéndome durante las tres horas siguientes en un abismo de inexpresable horror. Aquello que Akeley no había hecho sino esbozar someramente en su anterior carta, lo describía ahora con todo lujo de detalles, ofreciendo largas transcripciones de palabras oídas en los bosques durante la noche, largas descripciones de monstruosas formas rosáceas avistadas en medio de la frondosa espesura al caer la noche sobre las montañas, y una terrible narración cósmica derivada de la aplicación de una profunda y diversificada erudición a los interminables discursos de antaño del demente y fingido espía que acabó suicidándose. Me encontré ante nombres y voces que había oído en otros lugares relacionados con los más espantosos que cabe imaginar -Yuggoth, Gran Cthulhu, Tsathoggna, Yog-Sothoth, R’lyeh, Nyarlathotep, Azathoth, Hastur, Yian, Leng, el Lago de Hali, Bethmoora, la Señal Amarilla, L’mur-Kathulos, Bran y el Magnum Innominandum-, y me vi transportado a través de infinitos eones e inconcebibles dimensiones a mundos antiguos y exteriores que el demente autor del Necronomicón no había sino empezado a intuir. Allí se me hablaba de los pozos de vida primigenia, de los ríos que descendían de aquel manantial y, finalmente, del riachuelo que, procedente de uno de aquellos ríos, se había fundido inextricable-mente con los destinos de nuestro planeta.
Mi cerebro era un torbellino que no cesaba de dar vueltas, y si antes había intentado encontrar una explicación a las cosas, ahora empezaba a creer en los más anormales y fantásticos prodigios.
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