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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.15

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En tal supuesto, no resultaría del todo descabellada la presencia de cuerpos extraños en los ríos desbordados. ¿Acaso era excesivamente descabellado suponer que tanto las antiguas leyendas como los recientes relatos descansaban sobre un fundamento real? Pero incluso albergando tales dudas me sentí avergonzado de que tan grotesca muestra de incoherencia como era la increíble carta de Henry Akeley hubiera podido suscitarías.
Al final, contesté la carta de Akeley, adoptando un tono de cordial interés y solicitando información más detallada. Su respuesta me llegó casi a vuelta de correo, y en ella incluía, tal como me había prometido, una serie de instantáneas de escenas y objetos ilustrativos de lo que tenía que contarme. Eché una mirada a las fotografías al tiempo de sacarlas del sobre y experimenté la extraña sensación de espanto que se siente ante la inmediatez de lo prohibido, pues, a pesar de lo borrosas que estaban la mayoría de ellas, poseían un endiablado poder de sugestión, intensificado además por el hecho de tratarse de auténticas fotografías: verdaderos eslabones ópticos de lo que reproducían, y el producto de un proceso de transmisión impersonal sin sombra alguna de prejuicios, falibilidad ni falsedad.
Cuanto más las miraba, más me convencía de que no me había equivocado al tomar en serio a Akeley y su historia. Desde luego, aquellas fotografías aportaban pruebas concluyentes de que en las montañas de Vermont había algo que, cuando menos, estaba fuera del alcance de nuestros conocimientos y creencias. Lo peor de todo eran las huellas de pisadas: una instantánea tomada en un lugar donde relucía el sol, en un sendero totalmente enfangado en medio de una desierta altiplanicie. Una sola mirada me bastó para cerciorarme de que allí no había trucaje alguno, pues los guijarros y briznas de hierba nítidamente perfilados que se apreciaban en el campo de visión eran la mejor garantía de la corrección de la escala y hacían imposible cualquier intento de doble exposición trucada. Por darle un nombre lo califiqué de «pisada», pero creo que sería más exacto decir «huella de zarpa». Aún hoy me resulta difícil intentar describirla, y lo único que puedo decir es que era algo horrible, de rasgos similares a los cangrejos, y que no sabría precisar qué dirección seguía. No era una huella muy profunda ni reciente, pero su tamaño era aproximadamente el del pie de un hombre de estatura normal. A partir de un rastro central, se proyectaban en direcciones opuestas varios pares de pinzas dentadas; algo de todo punto desconcertante, si es que, como parecía, aquello era exclusivamente un órgano de locomoción.


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