El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.14
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Estaba seguro de que la verdad distaba mucho de lo que me decía mi comunicante, pero por otro lado quizá mereciera la pena investigar qué es lo que había detrás de todo aquello. Aquel hombre parecía tremendamente excitado y alarmado por algo, pero resultaba difícil pensar que su actitud era injustificada. ) En ciertos aspectos, era tan puntual y lógico... Y, después de todo, su historia encajaba increíblemente bien con ciertos mitos antiguos... incluso con las más inverosímiles leyendas indias.
Que hubiese realmente alcanzado a oír voces nada tranquilizadoras en las montañas y que hubiese en verdad encontrado la piedra negra de la que hablaba, entraba dentro 4e lo posible a pesar de sus descabelladas elucubraciones.., elucubraciones que le debió sugerir el hombre del que se decía era un espía de aquellos serés extraterrestres y que, posteriormente, puso fin a su vida. Era fácil deducir que este hombre debía estar loco de atar, pero probablemente le quedara una yeta de perversa lógica aparente que hizo que el ingenuo de Akeley - ya de por si predispuesto a tales cosas por sus estudios sobre el folklore-- creyera aquella historia. En cuanto a los últimos acontecimientos, en concreto a la imposibilidad de tener a nadie a su servicio, parecía que los modestos y sencillos vecinos de Akeley estaban tan convencidos como él de que su casa era asediada por algo siniestro durante la noche. Que los perros ladraban era algo que no podía ponerse en duda.
Y luego estaba la cuestión de la grabación fonográfica, que no pude sino creer que la había obtenido tal como dijo. Tenía que tratarse de algo, pero no sabría decir qué:
o ruidos animales que engañosamente recordaban el lenguaje humano, o el habla de algún ser humano oculto y al acecho al caer la noche, postrado en un estado no muy por encima del de los animales inferiores. De la grabación mi pensamiento pasó a los jeroglíficos de la piedra negra y a especular acerca de cuál podría ser su posible significado. Y, por otro lado, estaban las fotografías que Akeley hablaba de enviarme y que tan convincentemente los ancianos del lugar encontraban espeluznantes.
Mientras releía aquella ilegible carta, pensé m4s que nunca que mis crédulos adversarios podían estar más en lo cierto de lo que yo había admitido en un primer momento. Después de todo, aquellas montañas por las que se rehuía el paso podían ser el reducto de seres extraños y quizá con deformidades hereditarias, aun cuando no hubiese ninguna raza de monstruos nacidos en estrellas tal como pretendía la tradición.
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