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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.13

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Estoy a punto de descifrar la piedra --todo apunta a terribles revelaciones- y creo que con los conocimientos que usted posee del folklore tradicional podría ayudarme a encontrar los eslabones perdidos. Supongo que está perfectamente enterado de los espeluznantes mitos anteriores a la aparición del hombre sobre la tierra -los ciclos de Yog-Sothoth y Cthulhu-- a los que se alude en el Necronomicón. En cierta ocasión tuve acceso a un ejemplar del libro, y según tengo entendido usted posee otro y lo guarda encerrado bajo siete llaves en la biblioteca de su universidad.
Para terminar, Mr. Wilmarth, creo que dados nuestros estudios podemos sernos muy útiles el uno al otro. No quiero que usted corra ningún peligro, y creo estar en la obligación de advertirle que la posesión de la piedra y de la grabación entraña ciertos riesgos, pero estoy seguro de que usted no dudará en arrostrarlos en aras de la ciencia. Si me autoriza a mandarle algo se lo acercaré en coche hasta Newfane o Brattleboro, pues confío más en las estafetas de correos de allí. Le diré que vivo solo, pues ya no puedo tener a nadie a mi servicio. No quieren quedarse debido a los seres que tratan de acercarse a casa por las noches y que hacen que los perros no cesen de ladrar. Me alegro de no haber ahondado en mis pesquisas mientras vivía mi mujer, pues se habría vuelto loca con todo esto.
Confiando no haberle importunado en exceso y que usted decida seguir en comunicación conmigo en lugar de arrojar la carta a la papelera por creerla el desvarío de un loco,

Queda atentamente suyo,
Henry W. Akeley.

P. D. Estoy sacando más copias de algunas fotografías hechas por mí y que creo pueden contribuir a demostrar varios de los extremos aquí mencionados. Los ancianos del lugar creen que se trata de algo tremendamente verídico. Se las enviaré inmediatamente si le parece bien.

H.W.A.

Seria difícil describir mis sentimientos tras la primera lectura de tan extraño testimonio. Lo normal habría sido que me hubiera reído más de tamañas incoherencias que de otras teorías mucho más plausibles que movieron a la hilaridad, pero había algo en el tono de aquélla carta que me indujo a considerarla con paradójica seriedad. No es que creyera ni por un instante en la oculta raza procedente de las estrellas de la que hablaba mi corresponsal; pero lo cierto es que, después de algunas serias dudas en un primer momento, llegué sorprendentemente a convencerme de su cordura y sinceridad, inclinándome a creer que su autor se había enfrentado con algún fenómeno real, aunque singular y anormal, que no acertaba a explicar si no era recurriendo a la imaginación.


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