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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.10

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Las estudié a fondo en la universidad, y estoy familiarizado con la mayoría de las autoridades en la materia: Tylor, Lubbock, Frazer, Quatrefages, Murray, Osborn, Keith, Boule, G. Elliott Smith, etcétera. Para mí no es ninguna novedad que las leyendas sobre razas ocultas son tan antiguas como la vida misma. He visto las reproducciones de sus cartas, y de quienes participan de su opinión, en el Rutland Herald, y creo saber cuál es el estado actual de la polémica.
Lo que intento decirle es que mucho me temo que sus adversarios se hallen más cerca de la verdad que usted, aun cuando la razón parezca estar de su parte. Están incluso más cerca de la verdad de lo que ellos mismos creen... pues se basan únicamente en la teoría y, naturalmente, no pueden saber todo lo que yo sé. Si yo supiera tan poco como ellos, encontraría justificado creer como lo hacen. Estaría completamente de su parte, Mr. Wilmarth.
Como puede ver, estoy dando un gran rodeo hasta llegar al objeto de mi carta, probablemente porque temo llegar a él. En resumidas cuentas, tengo pruebas fidedignas de que unos seres monstruosos viven realmente en los bosques de las altas cumbres por las que no transita nadie. No he visto a ninguno de esos seres flotando en las aguas de los ríos, como se ha dicho, pero he visto seres semejantes en circunstancias que casi no me atrevo a repetir. He visto huellas, últimamente las he visto tan cerca de mi casa (vivo en la vieja casa de los Akeley, al sur de Townshend Village, en las estribaciones de Dark Mountain) que no me atrevo siquiera a decírselo. Y he alcanzado a oír voces en determinados lugares de los bosques que ni siquiera osaría describir sobre el papel.
En cierto lugar oí las voces con tal claridad que me llevé un fonógrafo, junto con un dictáfono y un cilindro de cera para grabar; ya veré la forma de arreglármelas para que pueda oír usted la grabación que conseguí. Se la hice escuchar a algunos de los ancianos que habitan por estos contornos, y una de las voces les impresionó tanto que parecían no salir de su estupor debido a su semejanza con cierta voz (esa susurrante voz que se oye en los bosques y que Davenpont menciona en su libro) de la que sus abuelas les habían hablado, al tiempo que trataban de imitarla.


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