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El susurrador en la oscuridad (Howard Phillips Lovecraft) - pág.8

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II

Como suele ser normal en tales circunstancias, esta apasionante discusión acabó viendo la letra impresa en forma de cartas al Arkharn Advertiser, y algunas de ellas fueron reproducidas en los periódicos de las comarcas de Vermont de donde provenían las historias sobre la inundación. El Rutland Herald publicó media página de extractos de las cartas de ambos bandos contendientes, mientras que el Brattleboro Reformer reprodujo en extenso una de mis largas reseñas sobre historia y mitología, junto con unos comentarios aparecidos en la columna de pensamiento e ideas de El Diletante en apoyo y elogio de mis escépticas conclusiones. En la primavera de 1928 yo era ya una figura bastante conocida en Vermont, aun cuando jamás había puesto los pies en dicho estado. De aquellas fechas datan las extraordinarias cartas de Henry Akeley que tan profundamente me impresionaron y me llevaron, por primera y última vez, a aquella fascinante región atestada de precipicios verdes y susurrantes arroyos que corrían entre frondosos bosques.
Casi todo lo que sé de Henry Wentworth Akeley procede de la correspondencia que mantuve con sus vecinos y con su único hijo, que vivía en California, a raíz de mi breve estancia en su solitaria granja. Akeley era, según descubrí, el último representante en su suelo natal de una vieja familia de juristas, administradores y agricultores de buena posición muy conocida a nivel local. En su caso, empero, la familia había derivado mentalmente de las cuestiones prácticas a la pura erudición, pues fue un excelente estudiante de matemáticas, astronomía, biología, antropología y folklore en la Universidad de Vermont. Hasta entonces jamás había oído hablar de él y apenas se deslizaban detalles autobiográficos en sus comunicaciones, pero desde el primer momento me di perfecta cuenta de que era un hombre educado, inteligente y de una gran personalidad, aunque fuese un recluso sin el menor aire de hombre de mundo.
A pesar de la inverosimilitud de lo que decía, no pude evitar, en un primer momento, tomar los juicios de Akeley tan en serio como lo hacía con otros impugnadores de mis puntos de vista. Por una parte, estaba muy cercano al fenómeno real -visible y tangible- sobre el que tan grotescamente especulaba; por otra, estaba asombrosamente dispuesto a dar a sus conclusiones un carácter provisional, como haría un auténtico hombre de ciencia. No se dejaba llevar por sus inclinaciones personales, guiándose siempre por lo que consideraba datos contrastados.


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