El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.9
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De lo que hablaba, cuando salí lentamente de las sombras de la inconsciencia, era de un par de fantásticos incidentes que ocurrieron en mi huida; incidentes que carecen de importancia, aunque me obsesionan incesantemente cuando estoy a solas en lugares pantanosos o a la luz de la luna.
Mientras huía de aquel castillo maldito, bordeando el pantano, oí un alboroto; un alboroto corriente, aunque distinto a cuanto había oído en Kilderry. Las aguas estancadas, hasta entonces desprovistas por completo de vida animal, hervían ahora de ranas enormes y viscosas que cantaban sin cesar en unos tonos que no guardaban relación con su tamaño. Brillaban, hinchadas y verdes, a la luz de la luna, y parecían mirar fijamente hacia la fuente del resplandor. Seguí la mirada de una de ellas, muy gorda y fea, y vi la segunda de las cosas que me hizo perder la razón.
Extendiéndose directamente de las extrañas y antiguas ruinas del islote lejano a la luna menguante, percibí un rayo de débil y temblorosa luz que no se reflejaba en las aguas del pantano. Y ascendiendo por el pálido sendero, mi enfebrecida imaginación se representó una sombra delgada que iba disminuyendo lentamente; una sombra vaga que se contorsionaba y debatía como si fuese arrastrada por demonios invisibles. En mi locura, vi en esa sombra espantosa un momentáneo parecido - como una caricatura increíble y repugnante- , una imagen blasfema del que había sido Denys Barry.
EL PANTANO DE LA LUNA
H. P. LOVECRAFT
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