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El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.8

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A pesar de la altura que me separaba, en seguida me di cuenta de que eran los criados traídos del norte, ya que reconocí la fea y voluminosa figura de la cocinera, cuya misma absurdidad resultaba ahora indeciblemente trágica. Las flautas sonaban de manera espantosa, y otra vez oí el batir de los tambores en las ruinas de la isla. Luego, silenciosa, graciosamente, las náyades se adentraron en el agua y se disolvieron, una tras otra, en el pantano inmemorial; entretanto, los seguidores, sin detener su marcha, siguieron tras ellas chapoteando pesadamente, y desapareciendo en un pequeño remolino de burbujas malsanas apenas visible bajo la luz escarlata. Y cuando el último y más patético de los rezagados, la cocinera, se hundió pesadamente y desapareció en las aguas tenebrosas, enmudecieron las flautas y los tambores, y la cegadora luz rojiza de las ruinas se apagó instantáneamente, dejando el pueblo vacío y desolado bajo el resplandor escuálido de la luna, que acababa de salir.
Mi estado era ahora indescriptiblemente caótico. No sabiendo si estaba loco o cuerdo, dormido o despierto, me salvó un piadoso embotamiento. Creo que hice cosas ridículas, como elevar plegarias a Artemisa, a Latona, a Deméter y a Plutón. Todo cuanto recordaba de los estudios clásicos de mi juventud me vino a los labios, mientras el horror de la situación despertaba mis más hondas supersticiones. Me daba cuenta de que acababa de presenciar la muerte de todo un pueblo, y sabía que me había quedado solo en el castillo con Denys Barry, cuya temeridad había acarreado este destino. Y al pensar en él, me embargaron nuevos terrores y me desplomé al suelo; aunque no perdí el conocimiento, me sentí físicamente imposibilitado. Entonces noté una ráfaga helada que entró por la ventana este, por donde había salido la luna, y empecé a oir alaridos abajo en el castillo. No tardaron estos gritos en alcanzar una magnitud y calidad imposibles de describir, y que aún me produ4n desvanecimiento cuando pienso en ellos. Todo lo que puedo decir es que procedían de alguien que había sido amigo mío.
En determinado momento de esos instantes espantosos, el viento frío y los alaridos me hicieron reaccionar, porque lo que recuerdo a continuación es que corría por las negras estancias y corredores, cruzaba el patio y salía a la oscuridad de la noche. Me encontraron al amanecer, vagando insensatamente cerca de BalIylough; pero lo que a mi me trastornó completamente no fue ninguno de los horrores que había visto y oído.


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