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El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.7

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Poco después, la fascinación del resplandor rojo se impuso a mis terrores, me acerqué a la ventana este y me asomé, mientras el sonido incesante y enloquecedor de las flautas gemía, y se propagaba por el castillo y por el pueblo.
Sobre el pantano había una riada de luz resplandeciente, escarlata y siniestra, que brotaba de las extrañas y antiguas ruinas del islote. No me es posible describir el aspecto de dichas ruinas: debí de volverme loco, porque me pareció que se levantaban incólumes, majestuosas, rodeadas de columnas, con todo su esplendor, y el mármol de su entablamento reflejaba las llamas y traspasaba el cielo como la cúspide de un templo en la cima de una montaña. Sonaron las flautas estridentes, y comenzó un batir de tambores; y mientras observaba aterrado, me pareció distinguir oscuras formas saltando, grotescamente recortadas contra un fondo de resplandores y de mármoles. El efecto era tremendo, absolutamente inconcebible; y allí habría seguido, contemplando indefinidamente el espectáculo, de no haber sido porque la música de las flautas, a mi izquierda, aumentaba cada vez más. Presa de un terror no exento de un extraño sentimiento de éxtasis, cruce la habitación circular y me asomé a la ventana norte, desde la que podía verse el pueblo y la llanura inmediata al pantano. Allí mis ojos se volvieron a dilatar ante un prodigio insensato, como si no acabase de apartarme de una visión que superaba la pálida naturaleza; pues en la llanura espectralmente iluminada por el resplandor rojizo desfilaba una procesión de seres cuyas figuras no había visto más que en las pesadillas.
Medio deslizándose, medio flotando en el aire, los blancos espectros del pantano se retiraban lentamente hacia las quietas aguas y las ruinas de la isla en fantásticas formaciones que sugerían alguna antigua y solemne danza ceremonial. Sus brazos balanceantes y traslúcidos, guiados por los sones detestables de las flautas invisibles, llamaban con ritmo misterioso a una multitud de campesinos que oscilaban y les seguían dócilmente con paso ciego, insensatos y pesados, como arrastrados por una voluntad demoníaca, torpe aunque irresistible. Cuando las náyades llegaron al pantano, sin alterar su dirección, una nueva fila de rezagados tambaleantes como borrachos, salió del castillo por alguna puerta al pie de mi ventana, cruzó a ciegas el patio y la parte del pueblo que se interponía, y se unió a la serpeante columna de labriegos que andaban ya por la llanura.


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