El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.6
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Llegué incluso a hablarle a Barry de este tema; pero cuando se echó a reír no me atreví a continuar. De modo que guardé silencio cuando el sol se ocultó con todo su esplendor tras los montes lejanos, y Kilderry resplandeció, completamente rojo y dorado, en una llamarada portentosa.
Nunca sabré con seguridad si los sucesos de esa noche ocurrieron en realidad o fueron una ilusión. Ciertamente, trasciende cuanto soñemos sobre la naturaleza y el universo; sin embargo, no me es posible explicar de forma normal la desaparición que todos sabemos, cuando aquello terminó. Yo me había retirado temprano, lleno de temor, y durante bastante rato no pude conciliar el sueño en el inusitado silencio de la torre. Reinaba una gran oscuridad; pues aunque el cielo estaba claro, la luna, muy menguada, no aparecería hasta altas horas de la noche. Tumbado en la cama, pensé en Denys Barry y en lo que pasaría con ese pantano cuando amaneciera, y sentí un deseo casi frenético de salir a la oscuridad de la noche, coger el coche de Barry, huir corriendo a Ballylough y dejar esas tierras amenazadas. Pero antes de que mis temores cristalizasen en una acción, me había quedado dormido, y contemplaba en sueños la ciudad del valle, fría y muerta bajo un sudario de sombras tenebrosas.
Probablemente fue el estridente sonido de las flautas lo que me despertó, aunque no fueron las flautas lo primero que advertí al abrir los ojos. Estaba tendido de espaldas a la ventana este que dominaba el pantano, por donde se elevaría la luna menguante, de modo que esperaba ver proyectarse una claridad en la pared que tenía enfrente; pero no la que efectivamente se reflejó. Un resplandor incidió en los cristales de enfrente, aunque no era el resplandor de la luna. Fue un haz rojizo, penetrante, terrible, el que penetró por la gótica ventana, e inundó toda la cámara de un esplendor intenso y ultraterreno. Mi inmediata reacción fue extraña en semejante momento, pero sólo en la ficción se comporta el hombre de manera dramática y previsible. En vez de asomarme al pantano para averiguar cuál era la fuente de esta nueva luz, mantuve apartados los ojos de la ventana, completamente dominado por el pánico, y me vestí atropelladamente con la vaga idea de escapar. Recuerdo que cogí el revólver y el sombrero; pero antes de que todo terminase había perdido el uno sin haberlo disparado, y el otro sin habérmelo puesto.
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