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El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.5

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¿Cómo podía sospechar que existiese lo que iba a ver?
Allí, a la luz que la luna derramaba en la amplia llanura, se desarrollaba un espectáculo que ningún mortal podría olvidar después de presenciado. Al son de unas flautas de caña que resonaban por todo el pantano, evolucionaba en silencio, misteriosamente, una multitud confusa de figuras balanceantes, girando con el mismo frenesí que danzarían en otro tiempo los sicilianos en honor a Deméter, bajo la luna de la cosecha, junto a Cyane. La ancha llanura, la dorada luz de la luna, las oscuras sombras agitándose y, sobre todo, el sonido monótono de las flautas, me produjeron un efecto casi paralizador; sin embargo, en medio de mi temor, observé que la mitad de todos estos maquinales e infatigables danzarines eran los braceros a quienes yo creía dormidos, mientras que la otra mitad eran seres extraños y etéreos de blanca e indeterminada naturaleza, aunque sugerían pálidas y melancólicas náyades de las fuentes encantadas del pantano. No sé cuánto tiempo estuve contemplando el espectáculo desde la ventana de mi solitario torreón, antes de caer en un vacío sopor del que me despertó el sol de la mañana, ya muy alto.
Mi primer impulso, al despertar, fue contarle todos mis temores y observaciones a Denys Barry; pero viendo que el sol entraba ya por la enrejada ventana este, tuve el convencimiento que carecía de realidad todo lo que creía haber visto. Soy propenso a ver extrañas fantasías, aunque jamás he sido lo bastante débil como para creer en ellas. Así que en esta ocasión me limité a preguntar a los braceros; pero se habían despertado muy tarde, y no recordaban nada de la noche anterior, salvo que habían tenido sueños brumosos de sones estridentes. Este asunto de la música de flautas espectrales me atormentaba enormemente, y me pregunté silos grillos habrían empezado a turbar la noche antes de tiempo, y a embrujar las visiones de los hombres. Más tarde, ese mismo día, vi a Barry en la biblioteca estudiando los proyectos para la gran obra que debía empezar al día siguiente, y por primera vez sentí vagamente aquel temor que había impulsado a marcharse a los campesinos. Por alguna razón desconocida, me produjo miedo la idea de turbar el antiguo pantano y sus oscuros secretos, y me representé visiones terribles bajo las tenebrosas profundidades de la turba inmemorial. Me parecía una imprudencia sacar a la luz estos secretos, y empecé a desear tener algún pretexto para abandonar el pueblo y el castillo.


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