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El pantano de la luna (Howard Phillips Lovecraft) - pág.3

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Esas eran las fantásticas historias que habían impulsado a los lugareños a abandonar Kilderry; y al oírlas, no me extrañó que Denys Barry se hubiese negado a escucharlas. No obstante, él sentía un enorme interés por las antigüedades, y propuso que explorásemos enteramente el pantano tan pronto como lo hubiesen desecado. Había visitado con frecuencia las blancas ruinas del islote; pero si bien era evidente que su antigüedad era muy remota y su trazado muy distinto de los de la mayoría de las ruinas irlandesas, estaba demasiado avanzado su deterioro para poder dar una idea de sus tiempos de esplendor. Ahora, el trabajo de desecación estaba a punto de empezar, y los braceros del norte estaban dispuestos a despojar al pantano prohibido de su musgo verde y de su brezal rojizo, y a matar los minúsculos arroyuelos y las plácidas charcas azules bordeadas de juncos.
Me sentía ya muy soñoliento cuando Barry terminó de contarme estas cosas; los viajes del día habían sido agotadores, y mi anfitrión estuvo hablando hasta bien avanzada la noche. Un criado me condujo a mi aposento, situado en una torre apartada que dominaba el pueblo, la llanura que se extiende al borde del pantano, y el pantano mismo; así que desde mi ventana podía contemplar, a la luz de la luna, los mudos tejados de los que habían huido los campesinos, y que ahora cobijaban a los braceros del norte, y también la iglesia parroquial con su antiguo campanario; y allá lejos, en medio de las aguas melancólicas, las ruinas antiguas y remotas del islote brillando blancas y espectrales. Justo cuando me tumbé en la cama para dormir, me pareció oír débiles sonidos a lo lejos; sonidos frenéticos, semimusicales, que provocaron en mi extrañas agitaciones que tiñeron mis sueños. Sin embargo, al despertar a la mañana siguiente, comprendí que no había sido más que un sueño, ya que mis visiones fueron mucho más prodigiosas que el frenético sonido de flautas de la noche. Influido por las leyendas que Barry me había contado, mi mente había vagado en sueños por una majestuosa ciudad enclavada en un verde valle, donde las calles y las estatuas de mármol, las villas y los templos, los relieves y las inscripciones, proclamaban en distintos tonos el esplendor de Grecia. Cuando le conté mi sueño a Barry, nos reímos los dos. Pero aún me reí más al ver lo perplejo que tenían a Barry los braceros del norte: era la sexta vez que se levantaban tarde; se habían despertado con gran torpeza y lentitud, y andaban como si no hubiesen descansado, aunque sabíamos que se habían acostado temprano la noche anterior.


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