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El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) - pág.21

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Estridentes, escurridizas sombras torrenciales de viscosa locura persiguiéndose por los interminables y sangrientos corredores de cielo púrpura y fulgurante... fantasmas informes y mutaciones calidoscópicas de un escenario macabro y recordado; bosques de robles monstruosos e hinchados cuyas raíces se retuercen como culebras y succionan el jugo abominable de una tierra hirviente de demonios caníbales; tentáculos que emergen a tientas de subterráneos núcleos, dotados de poliposa perversión... insanos relámpagos por encima de muros infernales cubiertos por una hiedra maligna y arcadas demoníacas ahogadas por una, vegetación fungosa... Bendito sea el cielo por haberme concedido el instinto que me guió inconsciente a lugares donde habitan los hombres: el pueblo pacífico que dormía bajo las plácidas estrellas de claros cielos.
Al cabo de una semana me había recobrado lo bastante como para pedir de Albany una partida de hombres para que dinamitaran la mansión Martense y la Cima entera de la Montaña de las Tempestades, cegaran todas las madrigueras y talaran determinados árboles hinchados cuya mera existencia representaba un insulto a la cordura. Después de todo este trabajo, conseguí dormir un poco, aunque jamás me llegará el verdadero descanso mientras recuerde el abominable secreto del horror oculto., Me seguirá obsesionando; porque, ¿quién sabe si ha sido completa la exterminación, y si no existirán fenómenos análogos en el resto del mundo? ¿Quién, sabiendo lo que yo sé, puede pensar en las cavernas desconocidas de la tierra sin sufrir espantosas pesadillas ante las futuras posibilidades? No puedo asomarme a un pozo ni a una entrada de metro sin estremecerme... ¿por qué no me da el doctor algo que me haga dormir, o me calme de veras el cerebro cuando truena?
Lo que vi al resplandor de los relámpagos, tras dispararle al ser indescriptible, fue tan simple que casi transcurrió un minuto, antes de darme cuenta y caer en un estado de delirio. Era un ser nauseabundo, un gorila blancuzco e inmundo, de colmillos afilados y amarillentos y pelo enmarañado; el último producto de la degeneración mamífera; el resultado espantoso del aislamiento, la multiplicación y la alimentación caníbal en la superficie y en el subsuelo; la encarnación de todo lo que gruñe, de todo lo caótico que acecha temeroso detrás de la vida. Me había mirado al morir, y vi en sus ojos la misma extraña calidad de aquellos otros ojos que me habían mirado en el subsuelo, removiendo en mi interior brumosos recuerdos. Uno de los ojos era azul, y el otro castaño.


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