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El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) - pág.7

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Pero permaneció en silencio. Había dejado descansar un brazo -un miembro en todo caso-- pesadamente sobre mi pecho... Por supuesto, era orgánico, o lo había sido... Jan Martense, cuya habitación había invadido yo, estaba enterrado cerca de la mansión... Debía encontrar a Bennett y a Tobey, si aún vivían... ¿Por qué se los había llevado, y me había dejado a mí?... La somnolencia es invencible, y los sueños son espantosos...
Al poco tiempo, comprendí que debía contar mi historia a alguien; de lo contrario, me desmoronaría completamente. Ya había decidido no abandonar la búsqueda del horror oculto; porque en mi atolondrada ignorancia, me parecía que esa incertidumbre era peor que el pleno conocimiento, por terrible que este pudiera ser. De modo que decidí en mi fuero interno qué camino seguir, a quién escoger para hacerle partícipe de mis confidencias, y cómo descubrir al ser que había aniquilado a dos hombres, y había proyectado una sombra pesadillesca.
A quienes conocía principalmente en Lefferts Corners era a los periodistas, algunos de los cuales aún seguían recogiendo los últimos ecos de la tragedia. Decidí escoger como compañero a uno de ellos; y cuanto más lo pensaba, más inclinado me sentía por un tal Arthur Munroe, un hombre moreno y delgado de unos treinta y cinco años, cuya formación, gustos, inteligencia y temperamento parecían distinguirle como persona que no se sujetaba a las ideas y experimentos convencionales.
Una tarde de primeros de septiembre, Arthur Munroe escuchó mi historia. Desde el principio se mostró interesado y comprensivo; y cuando terminé, analizó y abordó la cuestión con gran agudeza y juicio. Su conse jo, además, fue eminentemente práctico, ya que sugirió que aplazásemos nuestra visita a la mansión Mar-tense hasta haber obtenido más datos históricos y geográficos. A sugerencia suya, salimos en busca de datos sobre la terrible familia Martense, y descubrimos a un hombre que poseía un diario maravillosamente ilustrado y ancestral. Hablamos también largamente con aquellos mestizos de la montaña que no habían huido, en el terror y la confusión, a laderas más remotas, y acordamos efectuar, antes de nuestra empresa final, un registro completo y definitivo de los lugares relacionados con las distintas tragedias de las leyendas de los colonos.
Los resultados de esta exploración no fueron al principio muy alentadores, aunque una vez clasificados, parecieron revelar un dato bastante significativo; a saber: que el número de horrores registrados era bastante más elevado en zonas relativamente próximas a la casa, o conectaban con ella mediante franjas de espesura morbosamente superdesarrollada.


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