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El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft)

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EL HORROR OCULTO
H. P. LOVECRAFT

I. La sombra en la chimenea

Los truenos estremecían el aire la noche que fui a la mansión deshabitada, en lo alto de la Montaña de las Tempestades, a buscar el horror oculto. No iba solo, porque la temeridad no formaba parte entonces de ese amor a lo grotesco y lo terrible que ha adoptado por carrera la búsqueda de horrores extraños en la literatura y en la vida. Venían conmigo dos hombres fieles y musculosos a quienes había mandado llamar cuando llegó el momento; hombres que desde hacía mucho tiempo me acompañaban en mis horribles exploraciones por sus aptitudes singulares.
Salimos del pueblo secretamente a fin de evitar a los periodistas que aún quedaban, después del tremendo pánico del mes anterior: la muerte solapada y pesadillesca. Más tarde, pensé, podrían ayudarme; pero en ese momento no les quería a mi alrededor. Ojalá me hubiese impulsado Dios a dejarles compartir esa búsqueda conmigo, para no haber tenido que soportar solo el secreto tanto tiempo, por temor a que el mundo me creyese loco, o enloqueciese todo él ante las demoniacas implicaciones del caso. Ahora que me he decidido a contarlo, no sea que el rumiarlo en silencio me convierta en un maníaco, quisiera no haberlo ocultado jamás. Porque yo, sólo yo, sé qué clase de horror se ocultaba en esa montaña espectral y desolada.
Recorrimos en un pequeño automóvil millas de montes y bosques primordiales, hasta que nos detuvo la boscosa ladera. El campo tenía un aspecto más siniestro de lo habitual, de noche y sin la acostumbrada multitud de investigadores, así que a menudo nos sentíamos tentados de utilizar las lámparas de acetileno, pese a que podían llamar la atención. No resultaba un paisaje saludable a oscuras; creo que habría notado su morbosidad aun cuando hubiese ignorado el terror que allí acechaba. No había animales salvajes: son prudentes cuando la muerte anda cerca. Los viejos arboles marcados por los rayos parecían anormalmente grandes y retorcidos, y prodigiosamente espeso y febril el resto de la vegetación, mientras que unos extraños montículos y pequeñas elevaciones en tierra cubierta de maleza y fulgurita me hacían pensar en serpientes y cráneos humanos hinchados y de proporciones gigantescas.
El horror había estado oculto en la Montaña de las Tempestades durante mal de un siglo. De esto me enteré en seguida por las noticias de los periódicos sobre la catástrofe que había hecho que el mundo se fijara en esta región.


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