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El horror de Dunwich (Howard Phillips Lovecraft) - pág.47

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El desasosiego empezó a cundir entre el grupo del camino, pues, según les habían dicho, el pulverizador debería hacer visible por unos instantes al desconocido horror. Dos o tres hombres cerraron los ojos, en tanto que Curtis Whateley arrebató el catalejo a Wesley y lo dirigió hacia el punto más distante posible. Pudo ver que Rice, desde el lugar de observación en que se encontraban los expedicionarios - por encima y justo detrás del monstruoso ser- tenía una excelente oportunidad para intentar diseminar los potentes polvos de prodigiosos efectos.
El resto de los que estaban en el camino sólo pudieron ver el fugaz resplandor de una nube grisácea -una nube del tamaño de un edificio relativamente alto- próxima a la cima de la montaña.
Curtis, que era quien en aquellos momentos miraba por el catalejo, lo dejó caer de golpe sobre el barro que les cubría hasta los tobillos, al tiempo que lanzaba un grito aterrador. Se tambaleó, y habría caído al suelo de no ser por dos o tres compañeros que le ayudaron y le sostuvieron en pie. Un casi inaudible gemido era lo único que salía de sus labios.
-¡Oh, oh, Dios Todopoderoso!… eso… eso…
Luego se organizó un auténtico pandemónium, pues todos querían preguntar a la vez, y sólo Henry Wheeler se ocupó de recoger el catalejo caído en tierra y de limpiarle el barro. Curtis seguía diciendo incoherencias y ni siquiera conseguía dar respuestas aisladas.
-Es mayor que un establo… todo hecho de cuerdas retorcidas… Tiene una forma parecida a un huevo de gallina, pero enorme, con una docena de patas… como grandes toneles medio cerrados que se echaran a rodar…. No se ve que tenga nada sólido… es de una sustancia gelatinosa y está hecho de cuerdas sueltas y retorcidas, como si las hubieran pegado… Tiene infinidad de enormes ojos saltones…, diez o veinte bocas o trompas que le salen por todos los lados, grandes como tubos de chimenea, y no paran de moverse, abriéndose y cerrándose continuamente…, todas grises, con una especie de anillos azules o violetas… ¡Dios del cielo! ¡Y ese rostro semihumano encima…!
El recuerdo de esto último, fuera lo que fuese, resultó demasiado fuerte para el pobre Curtis, quien perdió el sentido antes de poder articular una sola palabra más. Fred Farr y Will Hutchins lo trasladaron a un lado del camino, dejándole tendido sobre la húmeda hierba. Henry Wheeler, temblando, cogió entre las manos el catalejo y lo enfocó hacia la montaña en un intento de ver qué pasaba.


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