El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.119
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.. ¿Adónde conducía todo aquello?
Finalmente, el señor Ward tomó la decisión más prudente. Evitando pensar en lo que hacía, entregó a los detectives una fotografía para que la mostraran a todos los comerciantes de Pawtuxet que hubieran visto al misterioso doctor Allen. Era una instantánea de su hijo con el aditamento de una barba y unas gafas oscuras, como las que había utilizado el doctor Allen, dibujadas a pluma.
Durante dos horas, el señor Ward esperó en compañía del médico en aquella casa opresiva. Los detectives regresaron. Sí, la fotografía retocada guardaba una notable semejanza con el doctor Allen. El señor Ward palideció y Willett se secó la húmeda frente con el pañuelo. Allen, Ward, Curwen... ¿Qué presencia había invocado el muchacho y con qué resultados para él? ¿Qué había ocurrido del principio al fin? ¿Quién era aquel Allen que proyectaba asesinar a Charles y por qué había escrito su víctima en la postdata de aquella angustiada carta que su cadáver debía ser disuelto en ácido? ¿Por qué el mensaje que Willett se había encontrado en el bolsillo decía exactamente lo mismo? ¿Qué proceso de transformación había tenido lugar y en qué momento se había producido la fase final? El día en que el doctor había recibido su carta, Charles había estado muy nervioso todo la mañana. Luego había ocurrido algún cambio. Charles había salido de la casa sin ser visto escapando a la vigilancia de los hombres encargados de protegerle. Fue entonces cuando debió suceder el cambio, mientras estuvo fuera. Pero no... ¿Acaso no había gritado de terror al volver a entrar en su biblioteca?. ¿Qué había encontrado allí? O, ¿qué le había encontrado a él? Esa figura que tan osadamente había entrado en la casa sin que se le hubiera visto abandonar la mansión, ¿no habría sido una sombra extraña, un horror dispuesto a lanzarse sobre un hombre tembloroso que no había salido de la habitación? ¿No había oído el mayordomo unos extraños ruidos?
Willett se fue en busca del sirviente y le hizo unas cuantas preguntas en voz baja. Desde luego, había sido un asunto muy desagradable. Sí, había oído unos ruidos: un grito, un jadeo y una serie de extraños crujidos. Y el señorito Charles no había vuelto a ser el mismo desde el momento en que salió aquel día de la biblioteca sin decir una sola palabra. El mayordomo se estremecía al hablar y olfateó el aire que llegaba desde el piso de arriba, arrastrado por una corriente creada por alguna ventana abierta.
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