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El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.107

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De modo que aquello era lo que contenían los lekythos: el fruto monstruoso de sacrílegos ritos, las «sales» a que aludía Borellus. Willett se estremeció al pensar en lo que había tenido entre sus manos y por un momento le acometió la tentación de huir de aquella caverna repleta de estanterías en cuyos anaqueles yacían innumerables centinelas silenciosos y quizá vigilantes. Luego pensó en la «Materia», en el infinito número de recipientes del tipo phaleron que había al otro lado de la estancia. Sales, también... pero si no eran sales de «custodios», ¿qué otra clase de sales podían ser? ¡Santo Cielo! ¿Sería posible que se hallaran allí las reliquias mortales de la mitad de los grandes pensadores de todas las épocas, arrancadas por manos impías de las tumbas donde el mundo las creía seguras, y sujetas a la llamada y el interrogatorio de unos locos que pretendían asimilar sus conocimientos guiados por algún propósito que, como decía el pobre Charles en su carta, podía afectar a «la civilización, las leyes naturales, quizá incluso a la suerte del sistema solar y todo el universo»? ¡Y él, Marinus Bicknell Willett, había tenido aquel polvo entre sus manos!
Reparó después en una pequeña puerta que había al fondo de la habitación y se tranquilizó lo suficiente como para acercarse a ella y examinar la burda figura grabada sobre el dintel. Era sólo un símbolo, pero al verlo el doctor se estremeció recordando el día en que un amigo suyo le había dibujado aquella misma figura en un papel y le había explicado lo que significaba en los oscuros abismos del sueño. Era el signo de Koth, aquel que ven los soñadores sobre el arco de entrada de cierta torre negra que se yergue solitaria en medio de la penumbra... y a Willett no le había gustado lo que su amigo Randolph Carter le había dicho acerca de sus poderes. Pero pronto se olvidó de aquel símbolo al percibir un nuevo hedor en el aire. Se trataba de un olor de origen químico y no animal y procedía de la habitación situada al otro lado de la puerta. Aquella era sin duda la fetidez que empapaba las ropas de Charles Ward el día en que se lo llevaron los médicos. ¿De modo que era allí donde se hallaba cuando recibió la visita de los alienistas? Se había mostrado mucho más prudente que Joseph Curwen, ya que no había ofrecido la menor resistencia.


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