El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.99
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De que eran éstas exactamente las que aquí se reproducen, responde el doctor Willett, en cuya memoria despertó la primera un eco extrañamente desagradable que identificó después cuando recordó los acontecimientos del horrible Viernes Santo del año anterior.
Y’AI’NG’NGAH
YOG-SOTHOTH
H’EE - L’GEB
F’AI THRODOG
UAAAH
OGTHROD AI’F
GEB’L -EE’H
YOG-SOTHOTH
‘NGAH’NG AI’Y
ZHRO
Con tanta frecuencia se repetían las fórmulas que sin darse cuenta el doctor comenzó a recitarlas en voz baja. Al fin creyó haber encontrado todos los documentos que por el momento necesitaba y decidió no examinar ninguno más hasta que pudiera traer a todos los escépticos alienistas en masa y llevar a cabo con ellos una investigación más amplia y sistemática. Tenía que encontrar aún el laboratorio oculto, de modo que, dejando su maleta en la estancia iluminada, volvió a internarse en el oscuro pasadizo en cuyas bóvedas seguían resonando sin cesar aquellos apagados y espantosos lamentos.
Las estancias contiguas estaban abandonadas o llenas de cajones rotos y ataúdes de plomo de aspecto ominoso, pero no pudo por menos de impresionarle la magnitud de la tarea que allí había llevado a cabo Curwen. Pensó en los esclavos y marineros que habían desaparecido, en las tumbas profanadas en todas partes del mundo, y en lo que debió ser aquella expedición final contra la granja, y decidió que era mejor no recordar más aquello. De pronto se encontró ante una gran escalera de piedra que, según dedujo, debía conducir a uno de los edificios contiguos a la granja, tal vez a aquel famoso edificio de piedra dotado de estrechas troneras en vez de ventanas. La fetidez y los extraños lamentos aumentaron de intensidad. Willett comprobó que había llegado a un amplio espacio abierto, tan grande que la luz de su linterna no bastaba para iluminarlo, y mientras avanzaba tropezó con unas recias columnas que sostenían los arcos del techo.
Poco después llegó a un círculo de columnas agrupadas como los monolitos de Stonehenge, con un gran altar colocado en el centro sobre una base de tres peldaños. Las figuras talladas en aquel altar eran tan curiosas que Willett se acercó a estudiarlas con su linterna, pero cuando vio lo que eran, retrocedió estremeciéndose y no quiso detenerse a investigar las manchas oscuras que salpicaban la superficie superior y caían por los lados a guisa de regueros. Siguió adelante y encontró la pared opuesta perforada por unos cuantos arcos y horadada por una miríada de pequeñas celdas con verjas de hierro, en el interior de las cuales colgaban de los muros cadenas de hierro rematadas por argollas de diversos tamaños.
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