El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.77
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» Luego, como si hubiera estado meditando y la reflexión le hubiera infundido valentía, había logrado salir de la casa tan sigilosamente que nadie se había dado cuenta del hecho ni había reparado en su ausencia hasta su regreso, ocurrido alrededor de la una de la tarde. Entró a esa hora en la casa sin decir una palabra, subió al tercer piso y allí evidentemente volvieron a reproducirse sus temores, porque se le ovó gritar aterrorizado al poco de entrar en su biblioteca. Sin embargo, cuando el mayordomo subió a investigar la causa de aquel alarido, Charles se asomó a la puerta con aire decidido y con un gesto despidió al sirviente, que quedó profundamente impresionado. Poco después volvió a salir de la casa. Willett preguntó si había dejado algún recado, pero
la respuesta fue negativa. El mayordomo parecía muy afectado por algo que había visto en los modales y el aspecto de Charles, y preguntó al doctor solícitamente si había alguna esperanza de curación para aquellos nervios desequilibrados.
Durante casi dos horas, Willett esperó inútilmente en la biblioteca de Ward contemplando las estanterías polvorientas con los espacios vacíos que ocuparan los libros que el joven se había llevado y mirando con una mueca sombría el panel donde un año antes estuviera el retrato de Joseph Curwen.
Poco a poco las sombras fueron cerrando filas en torno suyo preludiando la oscuridad de la noche. Al fin llegó el señor Ward, quien se mostró furioso y sorprendido ante la ausencia de su hijo después de todas las molestias que se había tomado para velar por su seguridad. Ignoraba que Charles hubiera concertado una cita con el doctor y prometió avisar a Willett en cuanto el joven regresara. Al despedirse de él le hizo participe de la preocupación que sentía por el estado del joven y le suplicó que hiciera lo posible por devolver su mente a la normalidad.
Willett se alegró de huir de aquella biblioteca sobre la que se cernía algo maléfico y horrible, como si el cuadro desaparecido hubiera dejado tras él una herencia de perversidad. Nunca le había gustado aquel retrato e incluso ahora que éste había desaparecido, y a pesar de lo bien templados que tenia los nervios, experimentaba la urgente necesidad de salir al aire libre lo antes posible.
3
A la mañana siguiente, el señor Ward envió al doctor Willett una nota en que le comunicaba que su hijo no había regresado.
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