El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.67
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La biblioteca del joven estaba rigurosamente clasificada por materias, de modo que no resultaba difícil saber qué libros, o al menos qué clase de libros, eran los que faltaban. El señor Ward se quedó asombrado al descubrir que los huecos no correspondían a obras relacionadas con las ciencias ocultas ni con antiguos sucedidos, sino a tratados modernos de historia y geografía, manuales de literatura, obras filosóficas y periódicos y revistas contemporáneos. Aquello representaba un giro muy curioso en las aficiones de Charles y su padre se quedó perplejo al comprobarlo. Una clara sensación de extrañeza se apoderó de él, le atenazó el pecho y le obligó a mirar en torno suyo para descubrir a qué respondía. Algo había ocurrido, ciertamente, algo de trascendencia tanto material como espiritual. Desde que había entrado en aquella estancia había notado un cambio, y al fin sabía en qué consistía. En la pared norte de la habitación seguía incólume, sobre la chimenea, el antiguo panel de madera procedente de la casa de Olney Court, pero el retrato de Curwen, precariamente restaurado, había sido víctima de un terrible desastre. El tiempo y la calefacción habían ido deteriorándolo y desde la última limpieza de aquel cuarto había sucedido lo peor. La pintura se había ido desprendiendo y enroscándose poco a poco para caer finalmente de pronto con una rapidez maligna y silenciosa. El retrato de Joseph Curwen había dejado para siempre de vigilar al joven a quien tan extrañamente se asemejaba y yacía ahora en el suelo formando una fina capa de polvo gris azulado.
Una mutación y una locura
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Durante la semana que sucedió a aquel memorable Viernes Santo, Charles Ward fue visto más a menudo que de costumbre. Continuamente transportaba gran cantidad de libros de su biblioteca al laboratorio del desván. Sus actos eran tranquilos y racionales, pero el aire furtivo que le rodeaba y la mirada extraña que se reflejaba en sus ojos inquietaron a su madre. Por otra parte, y a juzgar por los continuos recados que hacía llegar a la cocinera, se había despertado en él un apetito voraz.
El doctor Willett había sido informado acerca de los ruidos y acontecimientos de aquel memorable viernes, y al martes siguiente sostuvo una larga conversación con el joven en aquella biblioteca donde ya no vigilaban los ojos del retrato de Curwen. La entrevista, como de costumbre, no dio ningún resultado positivo, pero aun así Willett jura y perjura que Charles seguía, incluso en aquellos momentos, perfectamente cuerdo.
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