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El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.60

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Aquellas visitas de Willett, hechas a petición de los padres del joven, eran algo muy curioso. Ward no se negaba nunca a responder a las preguntas del doctor, pero éste se dio cuenta pronto de que nunca podría penetrar en la intimidad del joven. Con frecuencia observaba cosas muy raras a su alrededor: pequeñas imágenes de cera o de grotesco diseño en las estanterías o en las mesas y restos semiborrados de círculos, triángulos y pentágonos dibujados con tiza o carbón en el centro de la amplia estancia. Cada noche resonaban asimismo aquellos ritos e invocaciones, hasta que se hizo muy difícil retener en la casa a los criados o evitar que la gente comentara furtivamente la locura de Charles.
En enero de 1927 ocurrió un raro incidente. Una noche, alrededor de las doce, mientras Charles entonaba un cántico cuya extraña cadencia resonó desagradablemente en los pisos inferiores, sopló súbitamente una ráfaga de viento helado procedente de la bahía al tiempo que se producía un misterioso y leve temblor de tierra que no pasó desapercibido a ningún habitante de la vecindad. El gato dio muestras en aquel momento de un terror espantoso y los perros ladraron en una milla a la redonda. Aquello no fue sino el preludio de una brusca tormenta totalmente anormal en aquella época del año. Con ella se produjo tal estruendo en los altos de la casa, que los padres de Charles creyeron que un rayo había alcanzado al edificio. Corrieron escaleras arriba para ver si el desván había sufrido algún desperfecto, y se encontraron a Charles que les salió al paso en el rellano del desván, pálido, decidido y portentoso, con una temible expresión de triunfo y seriedad en el semblante. Les aseguró que no había caído rayo alguno y que la tormenta no tardaría en amainar. El señor Ward miró a través de una ventana y pudo comprobar que su hijo estaba en lo cierto: los relámpagos centelleaban cada vez más lejos en tanto que los árboles volvían a inmovilizarse tras haberse visto sacudidos por la helada ráfaga de viento. El retumbar del trueno se convirtió en un murmullo lejano y finalmente se apagó. Salieron las estrellas y el sello de triunfo en el rostro de Charles Ward cristalizó en una expresión muy singular.
Durante un par de meses a partir de aquel incidente, Ward se recluyó en su laboratorio menos de lo acostumbrado.


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