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El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.59

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Pero el doctor Willett se niega a compartir incluso este punto de vista, insistiendo en que sobrevino algo más tarde y atribuyendo las rarezas del joven durante aquel período a la práctica de unos rituales aprendidos en el extranjero, rituales que eran raros en extremo, cierto, pero que no tenían por qué responder necesariamente a una aberración mental por parte del celebrante. El propio Charles, aunque visiblemente envejecido y más duro de carácter, seguía mostrándose cuerdo en sus reacciones, y en las varias conversaciones que mantuvo con Willett mostró siempre un equilibrio que ningún loco -ni siquiera en los primeros estadios de su enfermedad- podía ser capaz de fingir de un modo continua do. Lo que en aquel período dio origen a la idea de la anormalidad de Ward fueron los sonidos que a todas horas se oían en su laboratorio del desván, en el cual permanecía encerrado la mayor parte del tiempo. Eran cánticos, letanías y estruendosos recitados, y aunque los sonidos procedían siempre del propio Ward, había algo en la calidad de su voz y en el acento con que pronunciaba las palabras de aquellas fórmulas que no podía por menos de helar la sangre en las venas de todos los que le escuchaban. Se observó también que Nig, el mimado y venerable gato de la casa, arqueaba el lomo con los pelos erizados cuando se oían ciertas palabras.
Los olores que surgían a veces del laboratorio eran también muy raros. En ocasiones ofendían al olfato, pero con más frecuencia eran aromáticos y estaban dotados de un encanto esquivo que parecía tener la virtud de inspirar imágenes fantásticas. Todo el que los percibía mostraba una tendencia inmediata a vislumbrar por un segundo espejismos momentáneos, escenas imaginadas enmarcadas por extrañas colinas o interminables avenidas de esfinges o hipogrifos que se extendían hasta el infinito. Ward no volvió más a sus paseos de otras épocas. Se dedicaba exclusivamente al estudio de los misteriosos libros que había traído de Europa y a llevar a cabo experimentos igualmente curiosos en su laboratorio, explicando que el material que había encontrado en las bibliotecas europeas había ampliado considerablemente las posibilidades de su investigación y prometía grandes revelaciones en años venideros. Su envejecimiento prematuro aumentó, hasta el limite de lo inverosímil, su parecido con el retrato de Curwen que colgaba de la pared de su estudio, y el doctor Willett se detenía a menudo ante el cuadro después de cada visita maravillándose de la casi perfecta similitud y diciéndose internamente que lo único que diferenciaba ahora a Charles de Joseph Curwen era la pequeña cicatriz de la ceja derecha.


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