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El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) - pág.40

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Dicha copia se hallaba ahora en posesión de los descendientes de Smith y a nosotros nos toca decidir si Weeden se la entregó a su compañero después del ataque a la granja, como testimonio de la anormalidad de lo que había ocurrido, o si, como es más probable, Smith la tenía ya en su poder anteriormente y la había subrayado después de sonsacar a su amigo interrogándole sabiamente. El pasaje subrayado decía:

«Encarézcole no llame a su presencia a nadie que no pueda dominar, es decir, a nadie que pueda conjurar a su vez algún poder contra el cual resulten ineficaces sus más poderosos recursos.»

A la luz de este pasaje y pensando en los enemigos innombrables que un hombre acosado podía invocar en su ayuda, Charles Ward pudo muy bien preguntarse si fue en verdad algún ciudadano de Providence quien mató a Joseph Curwen.
La eliminación deliberada de todo lo que en los anales de Providence pudiera recordar al muerto, quedó grandemente facilitada por la influencia de los cabecillas de la expedición, si bien estos no se propusieron en un primer momento ser tan exhaustivos. Ocultaron a la viuda, al padre y a la hija de ésta, la verdad de lo ocurrido, pero el capitán Tillinghast era hombre astuto y no tardaron en llegar a sus oídos rumores que le llenaron de horror y le impulsaron a solicitar el cambio de nombre para su hija y para su nieta. Quemó además la biblioteca de su yerno y todos los documentos y borró la inscripción que figuraba en la lápida de su tumba. Conocía perfectamente al capitán Whipple y probablemente logró extraer de aquel rudo marino más información que ninguna otra persona acerca del misterioso fin del siniestro brujo.
A partir de entonces, se trató por todos los medios de borrar la memoria de Curwen, tarea que llegó a alcanzar, por común acuerdo, a los archivos oficiales de la ciudad y a los de la Gazette. Sólo puede compararse aquel afán, en espíritu, al baldón que recayó sobre el nombre de Oscar Wilde durante la década siguiente a su desgracia, y, en extensión, a la suerte de aquel pecador Rey de Runagur del cuento de Lord Dunsany, al cual los dioses condenaron no solamente a dejar de ser sino también a dejar de haber sido.
La señora Tillinghast, nombre con que se conoció a la viuda a partir de 1772, vendió la casa de Olney Court y vivió con su padre en Powers Lane hasta su fallecimiento, ocurrido en 1817.


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